Yo digo J. Manuel García

El olfato del Narigón

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Bilardo, entrañable Narigón, me llamó hace mes y pico a su hora habitual, las tres de la madrugada (él no duerme: vive) para comentarme con un inusual entusiasmo las excelencias de José Antonio Reyes. Como siempre, Carlos Salvador, que ha vuelto a sus orígenes y entrena al mítico Estudiantes de la Plata, utilizó una cadena de nombres para explicar las virtudes del astro sevillista: "Tiene la velocidad de Caniggia, que sabes que era un gamo con melenas; la astucia del Burrito Ortega y el descaro de Guillermo el Mellizo. Me huelo que Reyes llegará muy lejos". O sea, que la perla utrerana es un jugador 10 para el viejo maestro argentino.

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Hace unos días hablamos con Davor Suker, el zorro del área más zorro que jamás conocí, nos aseguraba (en un arranque indisimulado de sevillismo) que el niño Reyes no tenía que envidiar para nada a David Beckham, que es un grandísimo futbolista, aunque no tan bueno como cuando se mueve en los terrenos vaporosos del márketing. El argentino Riquelme, Juan Román, un virtuoso que el maestro Benito Floro está recuperando en Villarreal, lo dice a sus amigos: Reyes y Carlitos Tévez (la nueva estrella de Boca Juniors) son los jóvenes de más talento del mundo.

El asunto radica en digerirlo aquí, en esta tierra bendita y con tanta guasa como es la vieja Híspalis. Aquí solemos ser impacientes y crueles con las joyas del fútbol. Lo hemos visto hace poco, cuando la noche negra de Valladolid (con su técnico clamando a los cielos por los fallos de la delantera, o sea, del niño). Ahora toca el Real Madrid, enemigo astifino y peligroso que hace más de una década no hinca sus rodillas en Nervión. Anda encorajinado Reyes, porque quiere comerse vivo al galáctico y aventar para un buen rato esa maldita fama de quitarse del cartel ante los grandes. ¿Y si no se lo come? ¿Lo matarán en casa? Esta puede ser la buena del niño. Más le vale que apunte, dispare y marque.

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