Rafa Guerrero no cambia de actitud
Rafa Guerrero conserva ese rostro quebrado por una mueca de disgusto que le descubrimos aquel día en que confundió vergonzosamente a Aguado con Solana. Tiene cara de haber ido por la vida escuchando a todo el mundo decirle: "Rafa, no me jodas".
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Se lo dijo Quique Mejuto -que viene el martes a La Romareda, precisamente, y a Rafa le cruzó los labios una nube, como si estuviera a punto de echarse a llorar. Se lo ha debido de decir tanta gente... y con tanta razón, que le han dejado esa inquietud perpetua. Ahora, Rafa es un tipo osado, que se enfrenta a la duda con los puños ansiosos de certeza, y las anula: ayer vio penalti en un forcejeo de Álvaro a Salva y, en su estilo, llamó al árbitro y se lo dijo. La escenografía fue típica de este esperpéntico asistente de árbitro con careta de hombre atormentado: el aviso inesperado y el diálogo que no queremos ni oír ni pensar: es fácil imaginarlo diciéndole a Esquinas Torres: "Vitín, penalti y amarilla: lo agarra, el cinco, a Salva...". Y otra vez cabe sólo aquella respuesta de Mejuto: "Por favor, Rafa, no me jodas". Otra vez, no.
El hombre del tercer ojo vio penalti. Curioso que no lo viera nadie más. Ni siquiera los jugadores del Málaga protestaron, además ¿cuántos forcejeos como esos existen en un partido? ¿cuántos se señalan? Curioso también que no apreciaran cómo arrolló Fernando Sanz un buen rato antes a David Villa en el área, en un penalti flagrante e ignorado. O cómo otra vez el propio Sanz, tan fino, tan atildado, abrazó indecorosamente a Álvaro en un saque de esquina en el área del Málaga. No lo soltó hasta que la pelota desapareció a lo lejos. Uno ve en esta vida lo que desea ver de antemano: Rafa Guerrero ve en el fútbol una oportunidad de absurda trascendencia, y le encanta. Cualquiera, en el caso su lastimosa trayectoria hubiera alimentado una duda, una modestia cauta. Y él persiste en su error.