Asignatura aprobada
Primera exhibición del Madrid fuera de casa. El Celta, sin tensión. Marcaron Ronaldo y Roberto Carlos

En ciertas ocasiones el fútbol debería ser como el tenis, sin una duración fija, de forma que se acabara la historia cuando el ganador consiguiera el marcador requerido, al mejor de tres sets en Liga, al mejor de cinco en Champions y Camp Nou. Si así hubiera sido el Madrid habría solucionado el partido en 45 minutos: 6-2 y 6-2. El resto fue hacer tiempo, como si obligaras a Ferrero a jugar 90 minutos contra un rival vencido hace rato. Ocurrió eso. Después de una primera parte brillante, muy trabajada y de mucho correr (Ronie aparte), el Madrid, sin desafío delante, se distrajo como suele, con la lluvia, con el moldeado que se arruina después de tres horas en Llongueras, esto no se paga con dinero.
Sin restar méritos al ganador, nunca se sabe si te quieren porque eres un tipo encantador o porque la chica está deprimida y no tuvo perro de pequeña, y además es miope, y es mejor no preguntárselo, sin menospreciar la victoria, digo, hay que admitir que la actitud del Celta fue de una flacidez insospechada. No puedes salir a jugar contra el Madrid sin un plan malvado, sin emboscada, sin argucia. Es como ser bandolero y quedar con el ejército francés en la plaza del pueblo, me reconocerás por el trabuco.
Es díficil saber si fue culpa de Lotina, de su arenga, o de esa clase de tristeza a la que se ven abocados ciertos equipos cuando las cosas no marchan. Hay un estado de melancolía en el que no llegas a ser un completo desgraciado pero tampoco eres feliz y entonces amanece nublado, ves la programación de televisión y te vienes abajo irremisiblemente. Algo no funciona cuando tienes que poner ajos en el campo, que estaba un poco en barbecho pero del que todavía no brotan hortalizas, que se sepa.
El caso es que el Celta no presionó, dio espacios y alargó el campo. Parecía una forma de acelerar las cosas, de salir al encuentro del destino cruel, ya que la gripe viene mala este año voy a salir a la calle en pelotas, a ver si se atreve. Y se atreve.
Desde el primer minuto, el Madrid fue creciendo y creciendo. Y esta vez no lo hacía por inercia, ni por la laxitud del rival. Había empeño, compromiso, una agresividad general, un equipo. Y de la misma forma que se contagia la pereza se contagia el entusiasmo. En este sentido fue sobresaliente la aportación de Figo, que con problemas para ejercer de extremo, ejerce de jefe, o más bien de sargento, como Raúl. Con ellos al mando el equipo es un ejército de maniobras de esos que se meten en el barro al tiempo que cantan "estamos todos aquí para que gane el Real Madrí".
Si a eso le sumas un Zidane inspiradísimo, una defensa rápida y un doble pivote incansable, bueno en el corte y mejor en la creación, descubres un conjunto fabuloso, capaz de enlazar tantas genialidades que pierdes la cuenta. En una jugada así nació el primer gol: robo de Bravo, taconazo de Raúl, pase al toque de Zidane, control esplendoroso de Figo y finalización impecable de Ronaldo. Aunque el Madrid tuvo otras ocasiones, el partido se acabó allí, mostrado el arsenal no hacía falta explotar todas las bombas.
La otra cara. Todo lo bueno que cuento sucedió en la primera parte. La segunda perdió interés. El Madrid se puso a pensar en otra cosa y el Celta lo intentó sin demasiada fe, levemente reactivado por la entrada de Vagner, un futbolista estimable si supiera jugar al fútbol, porque al igual que Karembeu es como si hubiera aprendido por correspondencia, con un magnetófono, con los pasos marcados en una alfombra.
El gol de Roberto Carlos zanjó las dudas, si es que las había. Surgió de un pase con el exterior del pie derecho de Zidane, el brasileño amagó el disparo con la izquierda, el defensa salió volando, aterrorizado, y el chut, durísimo, lo lanzó con la pierna derecha. Si Roberto entrena este quiebro puede descubrir un nuevo mundo de luz y de color.
A esas alturas la lluvia era como esas cortinas de abalorios de los ultramarinos que sirven para que no entren las moscas y para ahorcar a los clientes. El partido era un caos, los últimos cinco minutos del recreo, el Madrid sin tener claro dónde estaba la portería contraria y sin importarle mucho y el Celta sin una sola idea malvada, una ONG, bandoleros sin fronteras.
Sin embargo, a falta de siete minutos, sucedió algo que pudo girar el destino, un poco al menos. Mostovoi remató a bocajarro y Casillas sacó una mano, o una pierna, no se sabe, todo fue muy rápido. Fue el milagro habitual de Iker, esa forma que tiene de evitar las muescas que pudieron ser, de restaurar las culatas.
Fue un buen partido, aunque duró una mitad. La primera vez que el Madrid deslumbró fuera de casa, eso es un gran paso adelante, la primera batalla que gana Queiroz, a 25 minutos de Portugal, cosas.
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