La mujer española es temible
Antonio Alix comentaba en Eurosport que Somarriba bajaba a cuchillo de la colina que se situaba a escasos kilómetros de la meta. Para bajar a cuchillo hay que tener una capacidad competitiva extrema, porque se desprecia el riesgo a cambio de arañar unos segundos. Luego, en el llano, Somarriba pedaleó hasta que las piernas no le daban más de sí. Lo hacía con furia, hasta allí donde sus energías se lo permitían. Su imagen desprendía una fuerza descomunal. Era ganar o caer extenuada en una generosa lucha contra sí misma. Cruzó la meta y se derrumbó. Lo había dado todo.
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Como hicieron nuestras jugadoras de baloncesto en el Eurobasket, como hizo Marta Domínguez este verano en la final de 5.000 metros de los Europeos de atletismo. El esfuerzo y la entrega no fueron suficientes para que se proclamaran campeonas, pero sí para subir al podio y, sobre todo, para que nos sintiéramos orgullosos de ellas. Cuando se compite con casta, coraje, vergüenza torera, furia española, llame como quiera esa obstinación por llegar más allá de donde las fuerzas lo permiten, no hay fracaso. Todo lo contrario. Entonces cualquier medalla nos deja el sabor al oro.
Esta enorme capacidad competitiva comienza a ser la característica de la mujer española. Donde no llegan los hombres, llega ella. Ya sea porque es más disciplinada en los entrenamientos, más tenaz en el esfuerzo, menos distraída en las concentraciones, el caso es que se pone a competir y se transforma en una rival temible. Y así el deporte español va llenando su saco de medallas con los éxitos de Somarriba, Marta Domínguez, la Selección femenina de baloncesto, Gemma Mengual, María Quintanal, Esther San Miguel, Teresa Portela, Beatriz Manchón, Elena Gómez, Ana Burgos...
