Tenis | Por Alejandro Delmás

Las Lolitas del siglo XXI viven en Florida

El fenómeno de Maria Sharapova es sólo la punta de un iceberg tan grande como la estepa: en Rusia, las Lolitas de hoy quieren jugar al tenis, a ser posible en Florida.

<b>RÁNKING WTA.</B> Sharapova ya es la 33ª jugadora del mundo.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
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El primero que le vio la punta al asunto fue... Boris Yeltsin, que quiso capitalizar el sensacional triunfo de Rusia en la Davis 2002. Yeltsin, machaca del tenis, es, a la vez, un lince. Porque ya sabía dónde estaban los nuevos iconos de la Madre Rusia: en el tenis. Pero no en Kafelnikov, Safin o Youzhny.

Cuando Sports Illustrated, en el verano de 2002, quiso diseñar el retrato robot de la ciberjugadora imbatible del siglo XXI, el magazine de la Time Warner se fabricó un reportaje virtual con una tal Simonya Popova: 1.83, de Kazajistán, capaz de barrer a jugadores masculinos y de una belleza desafiante y andrógina, similar a la de la Daryl Hannah replicante en Blade Runner: un montaje.

Por supuesto, Popova se entrenaba en Bradenton, Florida, con el célebre Nick Bollettieri. Y sus padres, kazajos semirrusos, la acompañaban siempre. El resultado, un atractivo androide, tan imbatible como retador.

El único y curioso problema era la virtualidad de Popova. Si Sports Illustrated la hubiese llamado Maria Sharapova (1.83, 19-4-1987, Nyagan, Siberia), el acierto habría sido total. Con 16 años y cinco meses Sharapova acaba de ganar en Tokio su primer torneo WTA. Debutó en el circuito al cumplir 14 años, el 23-4-2001, en Indian Wells.

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La familia Sharapova vivía en Ucrania, cerca de la central nuclear de Chernobyl: cuando explotó el reactor nuclear, el 26-4-86, emigraron a Siberia, con los abuelos. El padre, Yuri Sharapov, fue minero... y un tenista frustrado que no pudo seguir la estela de su amigo, Yevgeni Kafelnikov. Cuando Maria nació en Nyagan, en su físico había algo, yes, de replicante Blade Runner o de mutante: ¿el aire de Chernobyl? A los cuatro años, ya jugaba con una vieja raqueta de Kafelnikov. A los seis, fascinó a Navratilova en un clinic de niños, en Moscú. Y a los nueve, por recomendación de Kafelnikov, ya estaba en la academia de... Bollettieri.

Sus gemidos imprimen cierto aire erótico a su juego. Ya ha sido portada de Vanity Fair, Rolling Stone y Sports Illustrated. Detesta que le pregunten por Kournikova. Claro: podrían preguntarle por Myskina, Dementieva, Petrova o Zvonareva: en la Rusia de hoy, las Lolitas replicantes no sueñan con ovejas eléctricas, sino con raquetas. Y no quieren estar en Siberia, sino en Florida. Yeltsin lo vio claro.

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