Yo digo | Pere Artigas

Violencia e hipocresía

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El mafioso Al Capone se lamentaba: "cuando yo vendo licor, lo llaman contrabando; cuando mis clientes lo sirven en bandejas de plata allá en sus mansiones, lo llaman hospitalidad". Cierto. Cuando un grupo de descerebrados -generalmente los mismos- provocan algo más que los "habituales incidentes" en un campo de fútbol, unánimemente se clama contra la violencia ; pero días después se les siguen suministrando entradas gratis y facilidades para seguir al equipo en los desplazamientos "porque son los seguidores que más animan". Tan sabido como tolerado. Directivos y policía conocen perfectamente a los cabecillas de estas bandas y a sus acólitos. Y saben también que el partido es una mera excusa para vomitar toda su bilis y exhibir su parafernalia bajo protección e impunidad. Sucede aquí y en muchos países. Cuando Guus Hiddink ordenó retirar de Mestalla una pancarta con simbología nazi, cosechó la felicitación mundial. Pero a la semana siguiente todo volvió a la "normalidad acostumbrada" en los recintos. Nadie recogió el testigo de la dignidad. Fariseísmo. A principios de este mes, un juez argentino ordenó retirar a la policía federal de los estadios a raíz de los incidentes ocurridos durante el partido Boca-Chacarita. La Liga se interrumpió dos semanas. Ahora este magistrado ha ordenado procesar a cinco oficiales por "desidia y encubrimiento" a la hora de actuar contra los que provocaron los disturbios.

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Esta semana Italia vive absolutamente conmocionada por la muerte de un muchacho y los graves incidentes que en cinco ciudades perpetraron los tifosi. Las autoridades de Milán, con el respaldo de los dos clubs de la ciudad, han acordado instalar dos jaulas de cristal blindado en el estadio de San Siro para albergar 4.550 plazas destinadas a los seguidores peligrosos... del equipo contrario. Habrá quién aplauda esta medida. E incluso es posible que tenga imitadores. Están terriblemente confundidos. Estas medidas de seguridad lo que hacen es perpetuar la entrada a los estadios de esta gentuza. Y supone en realidad una afrenta a la respetabilidad de la gran mayoría de espectadores, condenándoles a compartir un evento deportivo junto a una identificada minoría de indeseables; enjaulados o no. Quizás ha llegado el momento de que esta mayoría de aficionados que acude a un campo de fútbol diga basta, exija responsabilidades y actúe en consecuencia.

Movimiento de objeción. ¿Por qué se permite a estos reincidentes volver a entrar en un campo?. También debería recapacitar quién piensa que es mejor tenerlos dentro de un recinto deportivo y controlados, que no en la calle. Existen medios más que suficientes para impedir el acceso durante años a estos salvajes. Y de las calles que se ocupe quién tiene la obligación de hacerlo. Hipocresía y culpa son, en este caso, gemelas. Valentía, coordinación entre las partes implicadas, compromiso y acción. Extirpar el problema; no paliar las consecuencias. En esto, uno se merece lo que tolera.

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