Ciclismo | Vuelta 2003

Nozal no se rinde

Beltrán se sitúa a 55 segundos, pero el cántabro sigue líder. Ganó Rasmussen

<b>DURÍSIMA ETAPA.</B> Isidro Nozal y sus compañeros controlan el grupo en un momento de la jornada de ayer. La guerra estaba por estallar.
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Isidro Nozal no sólo sobrevivió ayer a la primera etapa pirenaica y a la presión del maillot oro. Sobrevivió a su director. Manolo Saiz apostó descaradamente por Igor González de Galdeano como jefe del equipo y reventó al ciclista revelación, sin respetar su exhibición en la crono ni su liderato, sin tomarse en serio sus opciones para ganar la Vuelta. Y debe tenerlas, porque Nozal sigue líder.

Saiz no consideró ni un momento la posibilidad de correr con dos líderes. En cuanto la carrera se puso a arder, degradó a Nozal y lo condenó a una caza desesperada. Y es curioso: cuando el líder se puso a tirar del grupo en el Aubisque, su estampa, más que la de un gregario, era la de un campeón. Se entregó de tal forma que se vio claro que no sólo estaba cumpliendo una orden, sino que también la desafiaba.

Después de recibir mil ataques y responder a todos, Nozal terminó por atrapar en el descenso a los escapados, entre los que estaba Roberto Heras, el ciclista que había puesto nervioso a Saiz. Entonces, saltó Beltrán, a su rueda Luis Pérez el supersónico. Tal vez tenga razón Armstrong cuando asegura que la ONCE no tiene una buena dirección de carrera.

La reacción de Nozal volvió a ser insólita: se fue a por ellos y los dio alcance. Aunque pronto comprendió que aquel ritmo era insoportable, debió recordar que no es un escalador, o se lo dijeron por el pinganillo. En ese momento surgió otro héroe, nos iremos encontrando con varios.

Óscar Sevilla, al que dábamos por muerto, se cruzó como una aparición. En realidad no iba a ningún sitio, escapaba del grupo y de la mala suerte, grandioso, herido, nunca más le llamaremos Joselito.

A esas alturas, en los primeros kilómetros de Cauterets, la carrera estaba loca, no sólo la caravana. Rasmussen circulaba escapado y subía como los ángeles. Por detrás, Beltrán y Luis Pérez. Más retrasados, un reguero de ciclistas entre los que se distinguían a Igor, Heras y, atención, el tercer héroe de la jornada: Aitor González. Héroe por no rendirse, por sufrir y por acordarse de que no vas solo, que hay gente detrás.

El desenlace. Las últimas rampas fueron un suplicio, lo que significa placer en este deporte. No quedaba un solo ciclista entero. Especialmente Nozal, que se había descolgado y se balanceaba medio muerto. O eso parecía. Cuando Beltrán llegó a meta, 59 segundos después de Rasmussen, todos pensaron que se trataba del nuevo líder. Sobre todo lo pensaba él, que se ha transformado en un corredor casi asesino, lo de Armstrong debe ser contagioso, nunca más le llamaremos Triki, no vaya a ser que nos muerda.

Valverde, el héroe silencioso, coronó a 27 segundos de Beltrán, Heras a 30, Aitor a 32 e Igor a 41. Frigo, ojito con él, los precedió a todos. Y se puso en marcha el reloj. Y comenzó a gotear gente. Y entre ellos, cuando preparábamos el sepelio, apareció Nozal, que perdía 1:47 con Beltrán y mantenía el maillot de oro por 55 segundos. Esto vale por un milagro.

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En vísperas de otras dos etapas pirenaicas bestiales (hoy y mañana), la Vuelta adquiere una dimensión inesperada. Por un lado, Beltrán y Nozal no son mentira. Y ellos se han dado cuenta, no importa lo que salga por el pinganillo. Por otra parte, todos salen ganadores de la etapa: Igor cumple sus planes, Frigo se tapa, Heras acecha y Aitor se reengancha. Valverde silba y mira a Sevilla.

Hoy la guerra se reanuda camino de Pla de Beret: antes Aspin, Peyresourde y Portillon, puro Tour. Esto ya es demasiado emocionante como para dejar de mirar, demasiado bonito como para perderte algo, del banderazo de salida a la morena del podio.

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