"Pole, pole"
El gran atractivo de la ascensión al Kilimanjaro es su aproximación. Como no hay carreteras a 50 kilómetros alrededor, el recorrido se hace a pie desde la base de la montaña. Está el Kilimanjaro en Europa, y entre carreteras y funiculares la ascensión se queda en un suspiro. Como está en Tanzania y las infraestructuras son muy limitadas, el camino es un paseo a través del variado paisaje africano, cuyo recorrido lleva cinco días. Podrían ser cuatro, pero uno se guarda para aclimatarse a la altitud. Es precisamente el de hoy, en el refugio Horombo, a 3.700 metros.
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Aquí, el camino ya es de tierra y polvo volcánico. Se abre paso a través de la inmensa ladera que cae desde el cielo y hasta donde llegaron las piedras escupidas desde el cráter. Ya no hay sabana, ni selva, ni tampoco apenas vida vegetal. La nube, durante el día, sigue envolviéndolo todo. No se acaba nunca. Sólo desaparece al anochecer y regresa con las primeras luces. Es con la claridad de la noche cuando se aprecia el perfil de la cima con el blanco de sus hielos. Ya está más cerca. A poco más de 20 kilómetros, que son 2.200 metros verticales.
La distancia no cabría considerarla excesiva, pero a estas altitudes todo empieza a valer doble. Una hora de camino parecen dos. También, porque se hacen a ritmo muy lento. "Pole, pole", no cesan de repetir los guías que abren el camino. Es el único secreto para caminar, a partir de ahora, por alturas inexistentes en España, y dentro de dos días, inexistentes también en Europa. El "Pole, pole" permite no rebasar las 100 pulsaciones por minuto, lo que elimina la sensación de fatiga. Pero, a cambio, no se hacen ni dos kilómetros por hora. Paciencia, y mucha, hasta la cumbre.
