Yo digo Juan Mora

Kilimanjarolandia

Juan Mora
Importado de Hercules
Actualizado a

La aproximación a la cima del Kilimanjaro es entrar en un inmenso parque de atracciones, tal es la fantástica sucesión de imágenes que se producen. La atracción consiste en adentrarse en una selva en la que la luz del sol jamás habría pisado la tierra ante la monumental bóveda arbórea que la cubre. En los parques de atracciones están reproducidos tales escenarios, pero ninguno llegará a hacer extremas las sensaciones que se sienten en Kilimanjarolandia. Ese paisaje soñado, idílico, lleno de vida en cada hoja, en cada árbol, existe. En él se situó el paraíso terrenal.

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Esa aproximación a la cima tiene también mucho de parque de atracciones porque la mano del hombre la ha convertido en un territorio seguro. La entrada cuesta unos 150.000 euros; permite subir a la cumbre más alta de África, o al menos intentarlo, utilizar los refugios intermedios e incluye el servicio de guías, uno que abre la marcha y otro que la cierra para que nadie se quede por el camino. Éste (al menos hasta el primer refugio Mandara a 2.720 metros) es magnífico y casi artificial, hecho de gravilla volcánica y hasta con canaletas para evitar su encharcamiento.

Un delicioso paseo si no fuera porque hay que soportar un clima poco agradable. Es en esta zona donde la franja de nubes parte en dos el Kilimanjaro. Arriba, el sol; debajo, la nube eterna de la que se nutre esa selva exuberante. Como hay que atravesarla, la lluvia es frecuente y la humedad es constante, lo que produce una sensación térmica por debajo de la temperatura real. El tiempo por encima de la nube mejorará, dice el guía. Aún habrá calor antes de los hielos eternos del techo de África. Están a 35 kilómetros, pero aún no se ven. Antes hay que salir de la nube.

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