Núñez salva al Madrid
El cabezazo del canterano vale un punto. Riquelme, difuso. Los galácticos, decepcionantes

Hay pocos partidos que sean del entrenador. Generalmente todo pertenece a los jugadores. Y no hay un solo caso tan claro como el Real Madrid, donde si están todos los buenos, lo mejor es apartarse. Pero ayer era una de esas pocas noches del año en las que el entrenador del Madrid tiene cosas que decir. Faltaban tres futbolistas importantes (Ronaldo, Roberto Carlos y Cambiasso), se jugaba fuera de casa, había mayoría de jóvenes y por eso mismo era el momento de dejarse ver, de dar órdenes, de que te hicieran caso.
Pues nada. Fue lo de siempre, lo peor de siempre: ese Madrid incapaz de sobreponerse a una mosca, falto de interés, carente de pasión y, sobre todo, sin plan. Aclarar que si el desorden fue general, la apatía fue galáctica; los pavones (hablo de Rubén, Bravo y Portillo) le pusieron mucho corazón, para encontrar el talento habrá que seguir escarbando.
La primera parte fue un horror, tanto que puso a prueba nuestra generosa afición y entrega a la causa. En noches así uno se siente culpable y empieza a calcular todo lo que pudo hacer con su vida de no haber dedicado tanto tiempo al fútbol: mujeres, doctorados y aventuras sin fin.
En esos primeros 45 minutos, ni existió el Madrid ni existió el Villarreal, aunque al principio disimuló un poco, el tiempo que duró Riquelme, que nunca es mucho. El argentino es de esos tipos que se pasa la vida buscando un psicólogo y por el camino vuelve locos a unos cuantos. Da la impresión de que se aburre, cosa que no sería extraña, pues hubo y habrá muchos futbolistas a los que no les gusta jugar al fútbol.
Por lo que se refiere al Madrid, Helguera estaba perdido en el centro del campo, tanto tiempo acostumbrado a vivir sobrado en la defensa. Aunque habrá que decir en su descargo que no es raro perderse en el medio campo del Madrid porque el Madrid no tiene centro del campo. Figo, Beckham y Zidane ni colaboran ni tienen mentalidad, más pendientes de lo que pasa arriba que de lo que sucede abajo. Y eso es un motivo más que suficiente para perder ante el Membrillos F. C. Y eso se esperaba de Queiroz, que enseñara al equipo a protegerse, a juntarse, tampoco era mucho.
Para fomentar el caos, Zidane se lesionó en el minuto 25 y fue sustituido por Solari. Figo ocupó el vértice del rombo, que es como decir que hizo lo le dio la gana. Debería plantearse Queiroz (sugiero) volver al doble pivote y que Beckham fuera uno de los integrantes, porque en la banda se pierde hasta exasperar y las faltas no son suficientes.
Si el Madrid no acabó el primer tiempo derrotado fue porque los delanteros del Villarreal fracasaron por completo, especialmente inútil José Mari. Tampoco tuvo el equipo ansia, cosa extraña, ni ilusión, ni plan. Eso sí, los futbolistas que sacaban los córners se rascaban el pecho indicando jugadas imposibles que deben salir divinas de la muerte en los entrenamientos.
Oportunidades. La segunda parte cambió, debieron ser las respectivas arengas, muy filosóficas, ya conocemos a Floro. El Madrid salió más caliente y dominó por primera vez el encuentro. A los dos minutos, Pavón estrelló un balón en el larguero, córner de Beckham. Cinco minutos después fue el incansable Michel Salgado quien mandó el balón al mismo palo. El partido se había convertido en una cuestión de empujar, en un problema de coraje, y el lateral es el que más tiene de eso. Por eso el juego se inclinó descaradamente por la banda del futbolista que se sentía más ofendido, más implicado. Por cierto, Raúl sigue sin aparecer y empiezo a temer que lo estén volviendo loco.
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Cuando peor se veía el Villarreal, llegó su gol, gran gol, por cierto. Pase desde Peñíscola de Quique Alvarez y golazo de Anderson, que abusa de Rubén y empalma un tiro bombeado que supera a Casillas. Y entonces el Madrid que se desespera y Queiroz que saca a Núñez en lugar de Portillo (defensa por delantero), cambio surrealista que nos hace pensar que no tenemos ni idea por más que nos empeñemos. Porque fue Núñez el encargado de empatar con un cabezazo que llegó a peinar Arruabarrena.
Tuvo que ser uno de los pavones el que salvara el Madrid, quizá porque todo partido esconde una lección. Aunque en este caso desconozco cuál. Tal vez la principal enseñanza sea que hay que apostar por la juventud o por la ilusión, o por ambas cosas. Lo difícil es saber mezclarlo con la calidad, porque no combina solo.