Las marcas no importan pero delatan
José María Odriozola, presidente de la Federación Española de Atletismo, es un defensor a ultranza de los campeonatos. Campeonatos de lo que sean. Del barrio, del colegio, de la ciudad, de la autonomía, del país, del continente, no digamos ya del mundo. Mantiene que en ellos se puede ver el atletismo de verdad, el genuino, porque lo que está en juego es una victoria, no una marca. Nos acabó convenciendo cuando empezamos a ver ganar a nuestros atletas por esos campeonatos. La verdad es que nos daba igual que ganaran en 3.40 ó 3.45. Eso era secundario ante rivales que eran de carne y hueso.
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Sucede como en el ciclismo. En una gran etapa de montaña, por muy reina que sea, no viene a cuento si el año pasado se subió tal puerto en 29 minutos o en 32. No va a ser mejor ni por una cosa ni por otra. Lo que importa es la competitividad, la estrategia, el ataque de fulanito, la respuesta de menganito. Al final habrá un ganador y con eso nos quedaremos. Pues en los campeonatos de atletismo, igual. Y así ha venido siendo... hasta ahora. Venía siendo igual porque las marcas, décima arriba, décima abajo, no llamaban la atención. Pero si, de repente, retrocedemos treinta años, eso se nota.
La victoria de Collins sería tan bella en 10.07 como en 9.90, pero hace sospechar que hubo gato encerrado en tiempos pasados. No habríamos asistido entonces a un espectáculo, sino a un fraude. Se juntan en París los hombres más rápidos de la historia en una prueba donde la única táctica es correr deprisa y uno gana con la misma marca que Borzov en los Juegos de Múnich 72. La excusa de que la nueva regla de salidas frena a los atletas es falsa. Tiempo de reacción media en la final de París 03: 140 milésimas; en la de Edmonton 01:149. Y de Montgomery en esas mismas finales: 140 y 157 respectivamente.
