Ambición rubia
Marta Domínguez revalidó el subcampeonato mundial de Edmonton en una final memorable donde sólo cedió ante la etíope Dibaba, paisana de Bekele


Lo dijo en la Torre Eiffel. Marta no llevaba la cintita y su rottweiler estaba en Palencia, donde algún experto debió traducir al inteligente animal las palabras de su dueña. "A ver, para que os enteréis: a mí me mueve la ambición. Mi ambición por ganar. Y me fijo en los otros del equipo por envidia o por motivación. Si pierden lo siento por ellos, pero yo quiero ganar por mí. Y si ganan, me sienta incluso peor: porque entonces me digo que yo quiero tener ya otra medalla".
Esta declaración de intenciones en la Torre Eiffel no llegó a Edith Masai, Gabriela Szabo ni a Yelena Zadorozhnaya. Tampoco lo sabía, evidentemente, Tirunesh Dibaba, la joven etíope arsi que ha nacido en Bekoji casi casa con casa con... Kenenisa Bekele. Si Dibaba lo sabía o lo supo, debió importarle menos que al resto de las mujeres de la final de 5.000 metros. No adelantemos acontecimientos.
La cosa se agravó para las rivales de Marta cuando muy poco antes de la carrera, Julio Rey se subía al podio con la plata cosechada por las calles de París, entre el arco iris y sudando tinta africana. "Si los otros ganan medallas, me sienta peor... porque yo quiero tener la mía".
Al acecho. A las 18:35 empezó la final. Allí se veía un grupo de africanas que iban a lo suyo: a su batallita y a acechar torvamente las intentonas de Gabriela Szabo. Zadorozhnaya es africana de Rusia: de la estepa. Masai, de los masai de toda la vida. Dibaba, la coleguilla de Bekele. Y entre todas, más al acecho que ninguna, la ambición rubia. No se puede escribir eso de la navaja en la liga. No, porque la navaja iba bajo la cintita. Y bajo la camiseta roja latía el corazón de un rottweiler palentino, confortado con los auxilios del Cristo de la Misericordia, el preferido de Marta. Todo junto, igual al Arma Definitiva. O casi: porque en el pueblo arsi de Bekele también son duros de pelar.
Entre miradas asesinas y cintitas con navaja debajo, aquello no era una carrera, sino un ejercicio de caza. Un safari, si se mira por la parte de Masai. Un ajuste de cuentas en el Sahel, si se le preguntaba a Dibaba. O un buen día al rececho o al ojeo por las campas de Palencia. Como en Rumania no está la cosa para safaris, Szabo comprobó que allí había poco que hacer. Zadorozhnaya vigilaba la estepa, como si fuese Kursk. Adere casi no estaba.
Noticias relacionadas
Y en París, en la última vuelta, Marta Domínguez se puso entre los dientes la navaja de Albacete, perdón de Palencia, y se encomendó al Cristo de la Misericordia cuando sólo faltaban 200 metros. Edith Masai, asombrada ante tal constelación de fuerzas astrales, reaccionó tarde: cuando Marta, su cintita y su navaja ya se habían hecho con el interior de la cuerda. Pero Dibaba tiene 18 años. Por sus pulmones arsi circula hemoglobina pata negra, la de otro arsi: Haile Gebrselassie. Y la misma de su vecino Bekele. Y Dibaba tiró de glóbulos rojos hasta el límite de la combustión...
Y Marta, que estaba primera en los 4.950 metros, apretó los dientes. Con la navaja, por supuesto. Dibaba la pasó, Masai la rozó y luego se derrengó. Zadorozhnaya no llegó. Al fin, un viento de ambición, una marea rubia, se llevó por delante a Masai en busca de la misma plata de Edmonton. La plata estaba bajo la cintita. Bajo la navaja.