Mundial de atletismo | Salto de longitud

El batacazo

Lamela, alicortado, se quedó a 31 centímetros de su marca de Castellón y ganó la medalla de bronce, superado por Dwight Phillips y por Beckford

<b>METAL AMARGO.</B> Yago Lamela consiguió una medalla de bronce que supo a poco ante las expectativas que había despertado su excelente momento de forma.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Ego. El ego, nuestro ego. Esa sería la gran palabra del siglo XXI en España, si no hubiera otra casi mejor: autocomplacencia. El ego y la autocomplacencia nos dan la autoridad para decir que estamos seguros de nosotros mismos, cuando no lo estamos. Nos permiten huir a los miedos de nuestra mente. Pero fracasan ante una simple tarde húmeda. Y ante la presión.

Ego tenía Muhammad Ali: Cassius Clay. Ali podía ser un mal actor, pero, sin ser una máquina de guerra, era casi invencible porque su mente, basada en el ego, le permitía ser un psicólogo perfecto de sus rivales: incluso de las máquinas de guerra que se le oponían. Pero para eso hay que desterrar la autocomplacencia que Ali fingía teatralmente y que cualquiera podía reconocer: una máscara de oropel sobre una mente de acero...

En el fondo, la autocomplacencia es la base de la derrota. Ego tienen el extraño velocista japonés Shingo Suetsugu o el americano Dwight Phillips: campeón del mundo de longitud, por más que parezca recién llegado de la jungla africana. Viene de un sitio peor: de un suburbio de Atlanta conocido como Vietnam.

Pero Yago Lamela, que tiene un ego importante, nada inusual, se ha vuelto autocomplaciente. No es culpa suya. Ni de Blanquer. Sino de un entorno viciado, el de este país en general, incapaz de asumir que las circunstancias de un control en Castellón nada tienen que ver con la acongojante presión de una final de Mundial en París, en una tarde... húmeda.

Tarde pasadita por agua, no más. Había chispeado tras el almuerzo parisino, tras las tormentas de la mañana. Hacía 18 grados a la hora de empezar la final de longitud, con humedad relativa del 77%, Allen Johnson acababa de marcar 13.19 en 110 vallas... andando a paso corto en los últimos 10 metros.

El pasillo de saltos, el runway, se iba secando poco a poco cuando empezaba la final de longitud. La final de Yago Lamela. Una final sin Pedroso ni Stringfellow, los favoritos de L´Equipe, pero una final de Mundial, una cosa para combatiente. Y para psicólogos de mente parcelada que sepan dominar al adversario, no empezar el asunto mirando al cielo y a las gotas de lluvia. Como Allen Johnson, como Suetsugu. Como Dwight Phillips.

A Lamela se le adivinaban las excusas. Phillips ni quería oir hablar de ellas: enfundado en un buzo simiesco, el superviviente del gueto de Atlanta gobernó la final de París desde la primera tanda de saltos. Sin autocomplacencia. Con los con brincos del que tiene hambre de ganar y llega desde el submundo. Lo que ya le dio a Phillips, el oro del Mundial bajo techo en Birmingham. Cuando Lamela fue plata...

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Ayer, Lamela fue de menos a más: quizá cuando vio secarse el pasillo. A esas alturas, Phillips ya atenazaba el cerco espeso de la presión con un salto de 8,22 que Lamela igualó... en la quinta ronda. Por unos segundos, Yago fue primero. Pero Phillips saltó 8,32 y Beckford, 8,28.

Sólo quedaba una bala: la última. Y el salto de Yago, de 8,28, fue nulo polémico y reclamado. Ganó Phillips, la mejor mente. Y Yago recibió un castigo de bronce: a 31 centímetros y 2.000 kilómetros de Castellón.

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