El peor fracaso de Manolo Martínez
El leonés se quedó fuera de la final con tres flojísimos lanzamientos.


Manuel Martínez suele decir que, en su mano, los siete kilos largos de acero macizo que son la bola del peso, la bola del mundo, pasan de 0 a 40 kilómetros por hora en unas cuatro décimas de segundo. Si él, concejal del PP en León, lo dice, será verdad. Lo seguro es que ayer, en menos de una hora fatídica, el crédito y el prestigio competitivo de Martínez tocaron fondo. Y con mucha más velocidad que la que el antebrazo colosal del leonés imprime al artilugio de sus medallas... y de sus desdichas.
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Martínez fue de menos a más, como Sansón en manos de Dalila. Sólo que no fue capaz de cargarse las puertas del templo y mandar a paseo a los filisteos bielorrusos, americanos y del más remoto confín. Primero lanzó 19.78. Veremos. ¿Está calentando? Después, cuando el personal se lanzaba en paracaídas sobre los 20 metros, la Harley del Bierzo empezó a griparse: 19.73. Y al final, en plena tensión y desespero, todos los gritos quedaron ahogados cuando la última bola de Manuel Martínez, bola de partido, del Mundial y del mundo, se detuvo a 19.68 metros del foso circular: era el 15 de los 30 aspirantes a la final, que ganaría el bielorruso Mikhnevich con 21.69. Ahí sólo llegaban los doce primeros.
Miseria. El hombre capaz de cargar la bola del mundo abandonó la pista desolado. Las puertas del templo se cerraron tras este Sansón abatido y sin Dalila, al que tanto gusta representar a la gente y a sus compañeros. Cosas del destino, como dice Martínez, buen filósofo que sostiene que "el futuro es inescrutable". Tan inescrutable como para viajar de la gloria a la miseria en una hora.