Atenas está a un año de la hora de la verdad
Los Juegos de los 7.300 millones de euros siguen bajo la sombra de la chapuza


En la mañana de hoy, en la ciudad más olímpica de todas, Lausana, Suiza, se vivirá un curioso acto: Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI, CIO) firmará las invitaciones oficiales para los 201 países que deben enviar selecciones olímpicas a los XXVIII Juegos de Verano de la Era Moderna: los de Atenas 2004. Se incluyen invitaciones a Timor-Leste, Kiribati y Afganistán, país apartado del movimiento olímpico durante el mandato del talibán mulá Omar, cuyo secretario de Estado era un tal Osama Bin Laden.
Timor-Leste, Kiribati, los afganos, los españoles e incluso Bin Laden (éste, antes que nadie) estamos ya en el siglo XXI. Singular y curiosamente, los mulás olímpicos de Lausana son los que hoy van a enfrascarse en un acto digno de siglos pasados. Porque...
Porque fue en el siglo XX, y contra el imperio de la razón pura pero a favor del imperio de la Coca Cola y la CNN, cuando Juan Antonio Samaranch jugó su penúltimo naipe en la presidencia del COI. Y adjudicó a Atlanta los catastróficos Juegos de 1996, los del Centenario, que, por lógica aplastante, correspondían a Atenas.
En Atenas, en 1896, el pastor Spiridon Louis estableció una gesta gloriosa en el maratón. En Atlanta, en 1996, se despidió el dopado Carl Lewis y Michael Johnson galopó hacia un récord replicante en 200 metros: 19.32. Tan replicante, tan de otro mundo, que los países nórdicos dicen que no se creen ni lo de Johnson ni muchos récords más de la Era Samaranch. Pobres.
Pelillos a la mar, Samaranch y sus adláteres, entre los que ya destacaba Rogge, cerraron con Grecia, doy para que des, viejo proverbio latino, el compromiso-cambalache-trapicheo de llevar a Atenas los Juegos de 2004, tras la brillantez transoceánica de Sydney. Y en ello están.
Angustia. En ello están, pero con angustia. Denis Oswald, el jefe de los inspectores o evaluadores olímpicos, ya ha reconocido que el alojamiento será "un problema, porque los hoteles están ocupados por la familia olímpica y los medios", que las carreteras "requerirán un trabajo duro y continuado" y que nadie sabe "si se podrá montar la cúpula de Calatrava en el Estadio Olímpico". ¿Qué más?...
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El Nuevo Estadio Karaiskakis, donde debería jugarse la final de fútbol (ya no, casi seguro), y el pabellón de boxeo de Peristeri, no existen: como más de dos tercios del nuevo recorrido de maratón. Oswald y los de Lausana no hablan del calor ozónico, polucionado e infernal del agosto ateniense. Ni de las tremendas distancias. Pero todo está ahí. Estos Juegos le cuestan 7.300 millones de euros al Gobierno y Comité Organizador griegos. A estas alturas, Sydney ya había probado todas sus instalaciones. En Atenas sólo se ha testado el canal de regatas de Schinías: entre infecciones intestinales de los alemanes y el viento tan en contra como todo lo demás.
AS reportó esto el 14 de mayo. Muchos callaron. Ahora, todos hablan, incluido L´Equipe. Los primeros Juegos del siglo XXI son la última chapuza del siglo XX.