Récords poco convincentes
La propuesta que van a realizar los países nórdicos en el congreso de la Federación Internacional de Atletismo es un torpedo a la línea de flotación de este deporte. Se apruebe o no, la credibilidad del atletismo quedará en entredicho. Para estos países, todos los récords vigentes conseguidos antes del año 2000 fueron fraudulentos. Razones hay para la sospecha. Pero por esta razón aún habría que llegar más lejos. Desde el momento en que todavía existen productos indetectables para los laboratorios antidoping, también hay motivos para recelar de los récords establecidos en el siglo XXI.
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Será difícil que los récords se anulen. Ya hubo un intento en 1999. Ahora se vuelve a la carga, pero creo que con la única intención de llamar la atención sobre un problema que, de momento, sólo se lo ha tomado en serio el ciclismo. El atletismo también se ha visto ensuciado por el doping, pero sus cimientos nunca han temblado como pudieran hacerlo ahora si la propuesta fuera adelante. El caso Ben Johnson fue ejemplar y tuvo sus consecuencias, pero ya parecen olvidadas. Aquella marca de 9.79 que dio lugar al escándalo se consideró fuera del alcance humano y, sin embargo, el año pasado se mejoró.
Hay algo en esto de los récords que, además, no cuadra. Tras el juicio sumarísimo a Johnson, en 1988, hubo un antes y un después. Los atletas dejaron de correr, saltar y lanzar tanto. Estaban avisados de que les podían pillar. A mediados de los años 90, los hombres comenzaron de nuevo a establecer récords. Las mujeres, no; seguían, y siguen, estancadas. Menos unas chinas que tal como aparecieron, desaparecieron tras dejar unas marcas asombrosas. Cuando en el atletismo los récords se producen a base de impulsos, sin una progresión lógica, son poco creíbles. Y es lo que nos están diciendo los nórdicos.
