La magia la puso Zidane
El francés deslumbra. Ronaldo logra dos goles. Beckham, una asistencia l Nuevo esquema táctico

Una de las formas prehistóricas de ligar era bailar con la chica, esto está documentado. De repente, la pareja en cuestión se encontraba enroscada con la excusa de una canción lenta y de un soplo se eliminaban las barreras del espacio y de la comunicación, pues aunque era el pretendiente quien asía a la presa, era el cantante el que susurraba palabras de amor: si tú me dices ven, lo dejo todo. Este tipo de canciones se llamaban boleros, porque casi todo era mentira. Hoy en día sólo Joaquín Cortés y Zidane son capaces de seducir bailando.
Viene esto a cuento (y sé que no mucho) porque Zidane bailó muchísimo ayer o más bien habría que decir que bailó a los chinos, pues él, más que bailar, lo que hace es danzar, que resulta mucho más refinado. Pero más que su exhibición de facultades, ya conocidas, lo que sorprendió fue la continuidad, la reiteración y el inesperado entusiasmo, sabido es que Zidane tiene tendencia a distraerse, defecto común entre los genios.
Hay que admitir que el partido se prestaba a los adornos, pues el Madrid se midió al rival más pardillo de la gira asiática, que recibió cuatro goles, pero que bien pudo recibir nueve. Y es posible que la inocencia del enemigo relajara en exceso a algunos de los galácticos, Beckham por ejemplo.
Tácticamente, Queiroz estrenó sistema. Aunque insisto en que nada en el Madrid es rígido, sino que todo flexa. La novedad es que las bandas se dejaron libres para los laterales. Beckham se colocó más pegado a Makelele y Figo no ocupó ninguno de los extremos, sino que jugó de enganche. Resultado: se reforzó el centro del campo y Roberto Carlos entró con peligro por la izquierda. Inconveniente: los chinos eran unos primos (verás Osasuna) y Michel Salgado, que tiene muchas virtudes, no tiene ni recorrido ni elasticidad para jugar de extremo, además de que resulta un poco chirriante verle por delante de Beckham. Por lo demás, todo bien.
El Madrid se adelantó a los cinco minutos con un gol de penalti de Figo, que está hiperactivo, por cierto, y muy poco después Ronaldo, algo remolón, culminó un contragolpe. Se plantó frente al defensa, le hizo tres bicicletas y disparó con la izquierda: gran gol y el portero una madre.
Todo presagiaba un festival, pero un chino se encargó de recordarle al Madrid que es humano, especialmente de cintura para abajo. El cabezazo de Wang Peng (así se llamaba) acabó en gol después de delatar la inconsistencia de la defensa y la media salida a ninguna parte de Casillas. Ni qué decir tiene que lo celebraron como si hubieran ganado la Champions.
En estos casos de ultraje los chulos de cualquier barrio suelen conjurarse para meterles diez a los pardillos, pero el Madrid es un equipo serio. Aunque Ronaldo, el que menos. Un preciso pase de Beckham desde Manchester llegó hasta el brasileño, que lo dejó botar y lo enchufó a la red de un zurdazo. Parte del mérito hay que dárselo a Valdano, que se afanó esta semana en explicarle gestualmente cómo rematar estos balones que le envía el inglés: tú la pillas así, con todas tus fuerzas y boom. Luego dicen que los directores generales no valen para nada.
Primero de Raúl. El cuarto gol del Madrid no fue peor, aunque nada tuviera que ver Valdano. Al igual que en la final de Glasgow, Roberto Carlos sacó de banda y encontró el desmarque de Raúl que batió al portero de vaselina y consiguió su primer tanto de la pretemporada. Si no ha marcado más goles es porque en su afán de desfacer todos los entuertos está abusando de sus intervenciones en el centro del campo.
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Poco más le quedaba el partido, si acaso el segundo gol chino, otra flacidez defensiva. Porque la segunda parte fue el recreo cuando faltan cinco minutos para que toque la sirena, un descontrol, un frenesí. Ronaldo la mandó al larguero y en el mismo sitio se estrelló un globo de Raúl. Poco después, con los galácticos en el banquillo, Portillo dispuso de cinco ocasiones clarísimas que se fueron al limbo por una mezcla, a partes iguales, de torpeza y mala suerte. Los cambios volvieron a ratificar la enorme distancia que separa a los titulares de la mayoría de los suplentes, excepción hecha de Guti y Cambiasso. Es preocupante que no haya promesas en el banquillo, que todo esté visto.
De momento, a falta de que se dispute mañana el último encuentro de la gira, el Madrid funciona más por la inspiración de las estrellas que por alguna aportación táctica (como siempre). Su gran ventaja es que son tantos los buenos que siempre aparece alguien a quien puedes agarrarte, y bailar si te apetece.