Ni Mark Spitz
Michael Phelps se despidió de Barcelona consiguiendo lo que ningún otro nadador en la historia: cinco récords mundiales en la misma competición.


No se confundan, damas y caballeros: Mark Spitz: el héroe de Múnich, en 1972, batió cuatro récords mundiales individuales en los Juegos de Septiembre Negro. El californiano Spitz, formado en Hawaii, ganó allí siete medallas de oro, relevos incluidos.
Al final, en el podio, Spitz enarboló unas Adidas: eso estaba prohibido y el puritano Avery Brundage, presidente del COI, estaba por empapelarle. Pero al día siguiente se armó gorda en la Villa Olímpica y Spitz, que era judío, tomó las de Villadiego rumbo a Modesto, California, con sus siete medallas de oro y sus Adidas. Un tío inteligente.
No se confundan, damas y caballeros y no se sorprendan: porque Michael Phelps es Generation Next, la siguiente generación, la evolución mutante de la especie Spitz. Hay diferencias. Phelps se afeita el bigote. No es de California, sino de Baltimore. No está con Adidas, sino con Vans, una marca casual de skaters y deporte extremo. Tiene 18 añitos. Pero su inhumano récord de ayer en 400 estilos fue su quinta plusmarca del Mundial: ni Spitz.
Evolución. Jannie Sievinen, el finlandés al que Phelps le quitó el récord de 200 estilos, lo ha dicho muy claro: "Para nadar, el cuerpo de Phelps es mucho mejor que el de Mr.Thorpe. Tiene unas piernas cortas, pero muy potentes: para sacar frecuencia. Un gran tren superior, especialmente hidrodinámico (su alcance de brazos supera los dos metros). Y quiere llegar siempre el primero a la pared".
"Odio perder", remata Phelps, que ya ha pedido a sus padres el regalo por las cosillas que ha hecho en estos Mundiales: un perro que le acompañe. No tiene tiempo para mujeres. Lleva en el coche una televisión de 13.000 dólares.
Noticias relacionadas
En las ruedas de prensa, cuando no está muy achuchado, se dedica a enviar mensajes SMS por el teléfono celular: eso sí que no lo podía hacer Mark Spitz en 1972, con todo su bigote. Brundage, que se humilló ante Hitler en Berlín, en 1936, hubiera visto esos mensajes como una cosa del demonio: ay, Coubertin.
Anoche, la gran preocupación de Phelps era dónde y cómo invitar a su familia y a su entrenador, Bowman. Quería ir a la Fuente Mágica de Montjuïc, a pretty cool place, un sitio muy lindo, que la criaturita, de 18 años, no había podido ver aún. En el Sant Jordi había arrasado. Aplastó el récord de 400 estilos, rumbo a su tercera medalla de oro. Fue el MVP del Mundial. Es como Mark Spitz. Pero mejor.