Jané lo había advertido
Joan Jané, el seleccionador con quien el waterpolo español ha conocido los mayores éxitos, ya lo había advertido: "Si jugamos bien somos imbatibles, pero si no somos muy vulnerables". Fuimos esto último desde el primer minuto. El conjunto que había disputado las finales de los últimos cuatro Mundiales, que había ganado las dos últimas, se resquebrajaba. Fue un triste adiós para Rollán, Ballart, Pedrerol y Gómez. Quizá no vuelvan a la Selección. Estaban en estos Mundiales para tomarse la revancha de los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde perdieron su final más amarga.
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Ante la selección formada por jugadores bien conocidos de la antigua Yugoslavia quedó en evidencia eso que tanto había advertido Jané: también somos capaces de jugar mal. Había advertido en los entrenamientos que con el cambio generacional los nuevos jugadores no asimilaban de buen grado la intensidad y la monotonía del trabajo. En el momento que nos apretaran, las cosas no iban a salir bien. Una pena y una lección. El triunfo no se improvisa Estiarte aún recuerda la dureza de los entrenamientos sino que sólo se alcanza cuando se entrena tanto como lo hicieron las chicas de la sincro.
Ahora que los Mundiales han entrado en su semana grande ya no nos queda ni el waterpolo, condenado a jugar los puestos de relleno. Teníamos a nuestros jugadores como ángeles custodios del macizo de la raza de la natación española. El waterpolo es un deporte de contacto, de enorme picardía, también de gran compañerismo, que se convierte en un juego para cualquier niño que se encuentra con una pelota en la piscina. Un deporte con el que el público puede vibrar, tomar partido, sentir emociones, por lo cual no nos resultaba extraño. La eliminación, por eso, nos duele más.
