Thorpe fue un mutante
La final más esperada del Sant Jordi, la revancha de Sydney, el combate de los jefes en 200 libre, fue una demolición: Ian Thorpe, con motor fuera borda, puso un océano entre su estela y las de Van den Hoogenband y Grant Hackett.


El Gran Tiburón Blanco de Spielberg en su primera película, la de 1976, la mejor de todas, era una bestia tan feroz como Moby Dick, pero peor. Básicamente, y a menos que Spielberg invente una jaula con cargas de profundidad, un hombre no tiene nada que hacer en el agua ante un Gran Tiburón Blanco.
Spielberg ya rescató en las aguas de Sydney a Van den Hoogenband y su pecho escavatus, excavado. Ahora resulta que el Gran Tiburón Thorpe, encima, piensa. Ha mutado. Y el hombre, el pobre Pieter VDH, sí que no tiene nada que hacer.
Para colmo, a Van den Hoogenband le dio por llevarse como fetiche la camiseta del Barça ante ese tremebundo escualo blanquísimo que, por lo mucho que conoce a Beckham y sus cosas da la impresión de ser un tiburón madridista: es como si usted se tira al cerrado de los Miura vestido de rojo. Pero eso era lo de menos. Lo de más es que el que se vea cara a cara con Ian Thorpe en una piscina, comprende al momento que está ante un prodigio de la naturaleza. Usted, querido ciudadano que ha ido a la piscina a los cursillos de sus hijitos, ha envidiado a veces a esos nadadores tan cachas que andan por allí, tan caros a las señoras. Bueno, pues Thorpe es un paso más en la evolución. Es como esos niñatos de la piscina, pero el doble... en todo. Si Darwin lo llega a ver, las Galápagos y las iguanas seguirían vírgenes.
Thorpe es una máquina masiva de producir y registrar potencia por la sencilla razón de que sus palancas producen una suma de fuerzas infinitamente superiores y más coordinadas que las del holandés y las de otro ser humano normal. A su lado, los otros son paramecios, microorganismos. Detalles: Thorpe le saca a Van den Hoogenband... 27 kilos de peso y casi 10 números de pie. Y en cada ciclo completo de brazada, le sacó ayer un cuarto de metro. Lo que yo no sé es qué pasó en Sydney.
Pero, como dice Lance Armstrong, otro ser especial, "lo que no te mata, te hace más fuerte". Eso le pasó al Gran Tiburón Thorpe en las aguas de Sydney. El escualo se llevó el arpón de VDH a las profundidades: enroscado. Se lamió las heridas en su piel de lija, despidió a las rémoras que le estorbaban, es decir su viejo entrenador, Doug Frost, y contrató a una mujercita profesora de Arte, Tracey Menzies, cuya mirada impone respeto. El Gran Tiburón Blanco aliado con la mujer profesora de Arte: el Arma Definitiva.
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Surf y músculos. La profesora Menzies, Doña Tracey, ha enseñado al Tiburón Thorpe no ya a negociar con el agua y los remolinos que despiden los torpedos de Ian. No: intentan sacar ventaja de la ola de proa que produce Thorpe. Hacer surf a base de músculos sobre el remolino bestial, dominar y gobernar los vatios de potencia. Ha mutado. ¿Cuándo se puede plantear eso otra persona de este mundo? ¿Qué diría Darwin? ¿Ola de proa...?
En el 200 libre del Mundial de Barcelona, Thorpe, que sí quiere ganarlo y comérselo todo, devoró a Van den Hoogenband y a Grant Hackett cuando y como quiso. La biomecánica, la anatomía de la demolición la tienen en el gráfico. VDH tiene el pecho excavado: un agujero central que le hace menos hidrodinámico y que le saca afuera las costillas flotantes. Yo no vi la final de Sydney: estaba con Mo Greene. Pero ese agujero excavado en el centro del pecho de VDH es la dentellada del Gran Tiburón Blanco.