Un mal de fondo
Sin duda, en todo lo que sucedió ayer en el Sánchez Pizjuán hay un mal de fondo que nadie quiere sacar a la luz pública. Ningún grupo de profesionales es tan descarado como para echarle un pulso a su empresa sin tener motivos para hacerlo. Algo debe ocurrir para llegar a esa situación. Veamos.
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Resulta que hace unos meses, el propio Joaquín Caparrós se llenaba la boca con frases como esta: "Para hablar de Mario me pongo de pie". Bien, pues meses después, el técnico da orden de que no quiere verle las caras a ninguno de ellos en Isla Canela. Sigamos. El año pasado ocurrió un hecho parecido. Caparrós no contaba con Luis Gil y Mario, pero accedió a que hicieran la pretemporada con el resto. ¿Qué diferencia hay ahora? Decía ayer Caparrós que el año pasado ya se quedó alguno en Sevilla. Creo recordar que era Otero, desterrado a los infiernos desde hace tiempo. Esa justificación no me vale.
Lo de ayer fue una declaración de intenciones evidente. Aunque ningún jugador lo reconozca, desde hace tiempo se ha abierto una fisura entre la plantilla y el entrenador, a quien los jugadores ven más cerca del Consejo. Desde hace mucho tiempo, Caparrós vende una unión de ensueño, una piña infranqueable... Y pregunto: si fuera así, ¿por qué sucedió esto? Entre otras cosas, porque uno de los damnificados ha sido Moisés, jugador con fuerza en el equipo que no ha terminado nada bien con el técnico. Anoche, ninguno de los capitanes dio explicaciones. Pero será difícil que alguno afronte la verdad públicamente. Un mal de fondo que nadie querrá aclarar.