Yo Digo | Sebastián Álvaro

Caídas

Sebastián Álvaro
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No deja de sorprenderme el mecanismo por el cual un puñado de neuronas de nuestro cerebro se unen para convertir un chispazo eléctrico en un conjunto de recuerdos y sentimientos. Seguía el pasado lunes la etapa del Tour, como muchos de ustedes, cuando el grito del compañero que lo estaba retransmitiendo me sobresaltó: ¡caída de Beloki! Y qué caída. En aquel desgraciado lance de la carrera, Armstrong se quedó con toda la suerte, esa que dicen está reservada a los campeones, y Beloki con toda la desgracia, la que le ha mandado a un hospital. Sin embargo a él le corresponde toda la grandeza de los luchadores. Aunque Armstrong vuelva a ganar, siempre quedará en nuestra retina aquel recto por el campo, como dicen en las carreras de motos, dejando tirado en la cuneta, herido, al mejor contrincante, y la duda en todo el mundo de que ya no es el más valiente y el mejor, sino el que más suerte tiene.

Porque hace ya tiempo que Joseba Beloki ha demostrado ser uno de los grandes del ciclismo, un deporte que tantas similitudes tiene con el alpinismo en cuanto a dureza y exigencia física y psicológica. Sólo le faltaba demostrar ser capaz de arriesgar, de luchar por la cumbre a todo o nada, y esta vez lo estaba demostrando. ¡Caída de Beloki!, escuché, y como un relámpago la cabeza se me llenó de otras imágenes, por una de esas caprichosas asociaciones que nos depara el disco duro de nuestra cabeza. Y es que recordé a un viejo compañero de fatigas sindicales en TVE, que acaba de fallecer, el primero en caer, cuando esa palabra tenía un significado especial y dramático.

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José Luis Calderón, ese viejo amigo, era un cámara que compartía conmigo telediarios y otros trabajos, y fue el primero en ser detenido y encarcelado, por cosas que ahora nos parecen caídas del cielo, como la libertad sindical, la democracia y los derechos de los trabajadores. Mi amigo no era un ser excepcional, ni un héroe, era una persona normal que, sorprendentemente, encarnaría al común de las personas que andan por las calles, que simplemente hizo lo que había que hacer. Pero a resultas de aquella caída estuvo casi un año en la cárcel, perdió su puesto de trabajo y tuvo que esperar cinco años antes de reincorporarse a la tele. Pero su ejemplo fue, a comienzos de los setenta, un revulsivo que nos animó a muchos a cambiar la sociedad, a proporcionarnos el sistema más justo y próspero que jamás hemos tenido. Nunca como entonces unos pocos trabajaron altruistamente por el bien de todos, sin importarles las caídas. Luego, mi amigo siguió trabajando anónimamente hasta hace unos días.

Sin siquiera conocerse, Joseba Beloki y José Luis Calderón forman parte de una misma comunidad de personas. Son de los nuestros. Forman parte de esos imprescindibles de los que hablaba Bertold Bretch, porque no se rinden jamás. Creo que se merecen que les demos las gracias por ello.

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