Ciclismo | Tour

Ahora o nunca

La primera mitad del Tour se cerró con un balance optimista: Armstrong no pudo atacar en la montaña e Iban Mayo puede rematarlo en los Pirineos.

<b>FAVORITO.</b> Lance Armstrong sigue siendo la gran referencia para la Prensa y para el pelotón del Tour de Francia.
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Existe un sentimiento de optimismo, de asalto final, que viaja del sur al norte y alcanza los Pirineos, donde se posa. Pero también se detecta una sensación de conformismo, como si todo hubiera acabado ya, como si la caída de Beloki hubiera sido una señal, un castigo por atacar lo imposible. El optimismo viene del público y de las cunetas, de los periodistas, incluso de algún campeón retirado al que nadie escucha ya. El pesimismo procede de los ciclistas.

Falta en ellos una declaración que hable de lucha y batalla, de morir en el intento y de intentar morir. Dime que me quieres, Johnny, aunque sea mentira. Sobra humildad y modestia, y sumisión. No puede decir Iban Mayo que aceptaría una oferta para ser gregario de Armstrong, aunque sea verdad. No puede decir Julián Gorospe, su director, que Euskaltel, "ya ha cumplido e intentará defender su situación actual".

Quien no quiera ser héroe no debería hacerse ciclista, sino contable. Cuesta tanto convertirse en esperanza de alguien, ya no digo de muchos, de miles, de millones, sino de una sola persona, resulta tan difícil alcanzar eso, que cuando se consigue no se puede escurrir el bulto. Hay que vivir con la estela, si tienes una.

Pero nadie nos impedirá soñar. Se ha consumido la primera mitad del Tour y Armstrong no lo tiene ganado, lo cual es una extraordinaria novedad. También lo es que no ha sacado tiempo en la montaña, donde fue atacado y donde no pudo atacar. Algo ha cambiado con respecto a los últimos cuatro años. Y no me hablen de estrategias de campeón, porque quienes así justifican cada actitud de Armstrong no hacen sino rendirse a su juego de intimidación, esa carrera paralela que va ganando con declaraciones y gestos de superioridad.

Lo cierto es que después de once días de competición Armstrong sigue teniendo cinco rivales directos, que son y por orden de opciones: Mayo, Hamilton, Vinokourov, Ullrich y Zubeldia. Digo directos, pues hay otros como Mancebo y Moreau, que sólo a través de una escapada o de una situación de carrera excepcional se convertirían en candidatos.

El futuro. Faltan dos cronos, pero podemos afirmar que sólo existe la primera, pues en la última todo estará decidido y si no fuera así, ya sería como haber ganado el Tour, porque estaríamos vivos. En la primera, de los rivales directos, sólo Mayo debería perder dos minutos, menos el resto. Pero la verdadera resolución de la carrera llegará en los tres días siguientes, en los Pirineos, tres etapas durísimas.

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Si tal y como parece, Armstrong no tiene el punto de forma que le permite sentenciar en la montaña, cada ataque que reciba será una tortura. Especialmente los de Mayo, la única rueda que se le escapa. Si la Resistencia sobrevive, el ataque definitivo debería llegar en el Tourmalet, cuyo descenso empalma con Luz Ardiden. Atacar allí, a 60 km de meta, es ganar el Tour. O intentarlo, o hacerlo saltar por los aires. Hay que perder el juicio porque lo más peligroso para un líder es cuando no distingue los locos de los cuerdos.

Que no digan que es imposible, que lo comprueben. Que no se conformen con un podio. Hay que acabar lo que empezó Beloki, que dijo que nos quería y resultó que era verdad.

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