"Causé más expectación que Beckham ahora"
Si usted se llama Alejandro Martín, ¿por qué todo el mundo le conoce por Federico M. Bahamontes?
Já, já. Por mi padrino. Se llamaba Federico y me puso su nombre en el bautizo. Pero en el registro civil consto como Alejandro Federico. Ahora estoy arreglando los papeles para ser Federico también oficialmente.
Dicen que usted se hizo ciclista transportando víveres con un carro-triciclo por las cuestas de Toledo.
No, el del triciclo era el hermano de Coppi, que era lechero. Yo llevaba provisiones en una carretilla. Hasta 150 kilos en un viaje. Me pagaban algo más de una peseta por porte. Y también descargaba camiones. Hasta que no reunía 50 pesetas mi madre no me dejaba volver a casa. De aquello pienso que gané una gran fuerza que luego me sirvió para ser escalador.
¿Y cómo empezó como ciclista?
Pues tenía 17 años y me encontré con dos amigos que iban a participar en la carrera del 18 de julio en Toledo. Me dije, a esos les gano yo. Me apunté, ataqué nada más se bajó la bandera y llegué destacado con cinco minutos sobre el primero.
Pero ya habría montado por entonces bastante en bicicleta, ¿no?
Todos los días. Cuando terminaba en el mercado me iba con ella por los pueblos de estraperlo. Compraba garbanzos, harina y otras cosas y luego las vendía más caras en Toledo. Volvía con 50 kilos en el macuto a pleno sol. Por eso nunca me importó el calor. Y además, cuando apretaba tenía la ventaja de que los demás no podían tocar la trompeta. Me entiende, ¿no?
Sí.
Muchos lo han pagado y algunos lo siguen pagando. La salud es lo más importante que tenemos todos.
¿A usted no le gustaba la música?
Nunca tomé nada. Eso sí, me preparaba un bidón con dos cafés, media copa de coñac y unas gotas de Agua del Carmen. Con eso me ponía como una moto.
Cuentan que no le quisieron dar la licencia de ciclista profesional por estrecho de pecho.
Eso es verdad. En 1952 el médico de la Federación Española me mandó soplar en un aparato, pero no me avisó que lo tenía que hacer con fuerza. No dí el mínimo y me dijo que no podía ser ciclista, que en el llano todavía, pero que no aguantaría en la montaña.
Y que en su primer Tour se bajó en la cima del Romeyre para tomarse un helado mientras llegaba el pelotón.
Pero lo hice porque había roto dos radios y tuve que destensar el freno. No podía bajar así y mientras esperaba al coche de equipo aproveché que había un carrito de helados para pedirle dos bolas de vainilla y meterlas en el bidón. No fue por chulería.
¿Y su miedo a los descensos?
Eso es verdad a medias. Yo estuve dos veces a punto de caer al vacío. Una, bajando Monserrat; terminé entre unas zarzas con mil pinchazos en el cuerpo. La otra, descendiendo Pajares con niebla; acabé colgando de un pretil. Me costó superarlo, sobre todo cuando había niebla. Pero en todo caso yo aprovechaba los descensos para alimentarme y recuperar. Y cuando llegaban los otros estaba fresco para atacarles en el siguiente puerto.
¿De sus tiempos de estraperlo le vino la idea de vender guantes a los extranjeros en el Tour?
Eso no es cierto. Yo no vendía guantes, pero no voy a decir quién lo hacía.
Cuentan que no ha habido un recibimiento igual en Toledo que cuando ganó el Tour de 1959.
Cierto. Ni el Papa, ni Franco reunieron tanta gente. Causé más expectación que Beckham ahora. Era más famoso. Me tuvieron tres días escondido en un hotel de Madrid para preparar los actos. Tardamos seis horas en el viaje a Toledo. Llevaba detrás una caravana de kilometro y medio de coches y nos paraban en todos los pueblos.
Y de ahí casi termina como torero.
Sí. El gobernador de Toledo me dijo que tenía que participar en una corrida de beneficiencia para corresponder a toda esa gente. Pensé en que valdría con poner un par de banderillas, pero hice la faena completa, hasta maté el novillo. Y no se me dio mal. En Francia me ofrecieron seis millones de pesetas por tres corridas. Y me lo pensé. Era un dinero muy fácil.
¿Por qué insiste tanto a los ciclistas en que no practiquen el sexo?
Porque es lo más importante para conservar la fuerza. De recién casado yo sólo hacía el amor cada quince días. Y en plena temporada me podía pasar tres meses sin catarlo.
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Mejor provocar envidia que dar lástima. ¿A qué hombre no le gusta una mujer? Pero no todos pueden.
