El deporte, hace justo un siglo
Hay que situarse en 1903. Imagínense qué carreteras habría. Si acaso, polvorientos caminos de tierra por donde circulaban más carros que vehículos a motor. Los tramos adoquinados eran casi exclusivos de las ciudades, aunque para andar en bicicleta resultaban todavía más incómodos. Dejaban el cuerpo maltrecho de tanto bote. E imagínense también qué bicicletas habría hace un siglo. En la memoria de muchos de sus usuarios aún estaba el velocípedo. Pues sobre esas carreteras y con esas bicicletas se disputó el primer Tour. Con etapas de... ¡hasta 467 kilómetros!
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Los participantes salían de noche para llegar antes de que anocheciera el día siguiente. Sin luces, por lo que hay que imaginar que harían coincidir la carrera con luna creciente. Ésta, aunque parezca mentira, permite circular con seguridad por una carretera sin tráfico, y en aquella época no lo había. Si la noche salía nublada, mala suerte. Irían más despacio o esperarían a que amaneciera, que en julio, y más en Francia, las noches son muy cortas. El Tour respondería a los gustos de la época, cuando primaba más el concepto de conquista y de aventura que el del aún incipiente deporte.
Con etapas de 467 kilómetros es difícil que hubiera competencia. Cuando las diferencias se miden por horas, poco espectáculo puede haber. Pero hace un siglo, el deporte de competición no existía tal y como se entiende hoy, basado en esfuerzos más cortos pero más intensos. Sin entrenamientos, sin masajistas, sin dopaje, sin una alimentación adecuada, el ciclismo era terreno para aventureros de condición física admirable. El público reconocía ese ejercicio de resistencia suprema y de tesón sin límites que obligaba a pedalear un día entero en solitario. Esto ya es historia. Ha pasado justo un siglo.
