Todos bajo sospecha
Si no es por locura temporal o fingimiento, ya no puede quedar nadie que admita como sostenible el teatro de marionetas en el que se mueven hoy el deporte de alta competición, sus practicantes, sus espectadores y su dopaje. Decía Schopenhauer que "el honor no debe ganarse: basta con no perderlo". Tras los últimos escándalos en ciclismo, atletismo y esquí, más el caso Gurpegui y la barra libre en las ligas profesionales de EEUU, controles, controlados, controladores y el honor de las competiciones están en el aire.
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Problema A: la credibilidad del tinglado se está derrumbando: basta que se relacione a médicos del ciclismo con equipos de fútbol para que la gente tiemble. Lo de Rumsas y el desdichado Aranesp de Muehlegg, la darbepoetina, la nueva pócima sanguínea, es otra piedrecita: el Giro no vale desde que el lituano pudo acabarlo. Pues, ¿cuántas incidencias ilegales pudo originar Rumsas en carrera? ¿Ha sido el único? ¿O el más tonto, el más controlado... por lo de su mujer?
Esto se cae, chicos: la gente no cree ni a los de aquí ni a los americanos, cuyos positivos se tapan por miedo a un desastre nuclear. ¿Desastre? El desastre y el veneno ya están servidos. Y sin honor.
