No a toda costa
Comentábamos la semana pasada lo mucho que hemos avanzado en este país en cuanto al conocimiento y sensibilidad hacia el mundo de la aventura en general y el himalayismo en concreto. Pero, como todo en nuestra vida, no existe luz sin sombra. Esta mayor presencia de nuestra actividad en la sociedad ha hecho aflorar una serie de intereses y atenciones por parte de ciertas instituciones que poco o nada tienen que ver con el espíritu deportivo y sí mucho como el eco mediático, mezclado con un orgullo difusamente nacionalista difícil de entender en los tiempos que corren.
Viene esto a cuento del recibimiento de Carlos Pauner en Aragón y todos los pormenores que han rodeado esta dramática historia en las que este excelente alpinista aragonés estuvo a punto de perecer en el Kanchenjunga. Teniendo en cuenta el drama de los aragoneses en 1995 en el K2, en donde desaparecieron varios de los mejores alpinistas de aquella época y de la trágica desaparición de Pepe Garcés en el Dhaulagiri, es normal el revuelo que se ha montado en torno a esta historia, de la que se puede sacar alguna conclusión aleccionadora.
Vivimos tiempos rendidos a la velocidad en los que sólo importa el triunfo. Esto es especialmente cierto en el universo del deporte. Trasladar este comportamiento a la escalada de los ochomiles es muy peligroso. Los alpinistas, al igual que otros deportistas, se han convertido en muchos casos, en héroes que representan los mejores valores de un pueblo y, a la vez, de un gobierno o de un partido. En realidad, estos comportamientos sólo podrían calificarse como antiguos sino fuese porque pueden inducir a cometer graves errores, que pueden costar la vida de alguien. Por supuesto que los poderes públicos hacen bien en fomentar el deporte base y me parece estupendo que se financien expediciones de montaña para subir cumbres altas. Aunque no estaría mal que, al igual que se hace en otros ámbitos, los políticos se asesorasen para no financiar auténticas tomaduras de pelo o, lo que es mucho peor, por exceso de presión, se fomenten conductas que, en el caso de empresas con gran riesgo físico, pueden ser irresponsables.
Sin duda, es una cuestión de matices. Ninguno de los que han logrado acabar las catorce cimas de más de ocho mil metros han comenzado con la presión de decir que las van a terminar en muy poco tiempo. Más bien, es después de bastantes años y cuando se tienen ya un buen número de ellas cuando aparece con claridad la posibilidad de fijarse un objetivo que de por sí es de los más arriesgados que pueden acometerse.
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Enviar a Barajas un helicóptero de emergencias, que puede hacer falta en otra urgencia grave, para trasladar a un alpinista que apenas tiene unas ligeras congelaciones en las puntas de los dedos producidas hace muchos días, parece una exageración que no contribuye a la necesaria reflexión cuando se ha vivido una situación tan al límite. Por eso me parece muy bien la decisión de Carlos de no ir al Karakorum este verano y tomarse las cosas con una mayor tranquilidad.
Hay que ayudarle en este sentido y no todo lo contrario. Es importante entender que el aura mítica que envuelve el mundo de las montañas, también está construido con esos aparentes fracasos que en realidad son monumentos al tesón y la valentía de unos hombres que han aprendido que nada merece la pena si es a toda costa.
