Ferrero: olé los toreros buenos
Ferrero va a por Wimbledon y eso es un gesto torero. Para un español jugar en Wimbledon es como ir al dentista. Al final te acabas encontrando con un tío que saca a mil por hora y si logras restar te machaca con la volea. Para eso no merece la pena perder el tiempo entrenándose sobre hierba. Wimbledon, antes, era otra cosa. En los tiempos de Santana no había más que cuatro torneos al año y se apuntaba a todos con la mejor intención del mundo. Pero ahora hay más torneos que semanas y los tenistas seleccionan. Tampoco les hace ninguna falta Wimbledon para acabar cómo número uno.
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Por eso el año pasado hubo muchos jugadores a los que les dolió el dedo meñique del pie izquierdo y presentaron certificado médico para no acudir. Costa, Corretja y Moyá, entre ellos. Por ahí fuera hubo más, como Ríos, Haas y Grosjean, que boicotearon el torneo. Era también una manera de protestar contra el aleatorio sistema que tiene Wimbledon para designar los cabezas de serie. El año pasado cabezas de serie fueron Schalken, eliminado a la primera en ocho torneos y a la segunda en cuatro, y Nieminen, conocido en Córdoba y El Espinar por haber jugado allí.
Y luego está la lluvia. Hace dos años, Ivanisevic y Henman necesitaron tres días para jugar tres horas y tres minutos. Salían a la cancha, jugaban un ratito, llovía, y a parar. Así se les hizo dos días de noche esperando a que escampara. Para eso hace falta una concentración, una mentalización, fuera de lo común. Entre la arbitrariedad, los rivales, la velocidad de la hierba y la lluvia, Wimbledon es un calvario. Pero Ferrero, todo un torero, quiere puerta grande en uno de los templos del tenis. Porque Wimbledon, pese a todo, es un grande porque ahí los tenistas buenos se crecen. Como Santana y ahora Ferrero.
