Tiempo pasado
El tiempo pasado nunca fue mejor, al menos en lo que al mundo de la aventura en general y al alpinismo en particular se refiere. Muchos pensarán que somos unos empedernidos contadores de batallitas y que nada nos gusta más que reunir a un grupo de víctimas, al amparo de una buena cena, y soltarles nuestro repertorio de recuerdos. O que nos pasamos el día añorando los tiempos pasados que se han ido para siempre jamás. En lo primero puede que anden algo más atinados, pero en absoluto en lo que se refiere a la añoranza. La celebración la pasada semana del cincuenta aniversario de la ascensión al Everest ha sido un excelente ejemplo de lo que hemos ayudado a progresar a este país.
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El amplio y documentado despliegue informativo, tanto en periódicos como en televisiones, con el que se recogió la efeméride me han llevado a echar la vista atrás pero sin un ápice de nostalgia. Y es que tengo muy vivo el recuerdo nuestras primeras expediciones extra-europeas cuando se iniciaba la década de 1980. De entrada era un auténtico milagro ponerlas en marcha, pues ir a una gran empresa a pedir apoyo logístico o económico casi siempre terminaba en decepción. No les puedo reprochar por ello, pues España era un país que vivía de espaldas al alpinismo y el eco informativo que recibíamos ocupaba una pequeña nota marginal, si había suerte y conocías a alguien en el periódico. En aquella época sólo las tragedias y los accidentes merecían espacio en los medios. Cuando llegábamos a los campos base no podíamos evitar una mirada de envidia hacia los alpinistas de primera división: británicos, franceses, italianos, alemanes o norteamericanos, que llegaban aureolados de un pasado glorioso. Aquellos hombres, de Doug Scott a Reinhold Messner, eran para nosotros más que mitos un ejemplo a seguir. Y lo seguimos. Ahora, muchas temporadas, las expediciones españolas a las montañas del Himalaya son las mayoritarias. Y de aquellas escuetas líneas a, por ejemplo, el amplio y estupendo despliegue que ha dedicado este periódico al aniversario del Everest ha mediado el crecimiento de una sociedad desde el punto de vista económico pero también cultural.
Una sociedad que ha diversificado sus aficiones e intereses y que disfruta mirando más allá de su propio ombligo. Hoy "himalayismo" ya no le suena a casi nadie a enfermedad contagiosa y un alpinista como Juanito ha sido nominado al premio Príncipe de Asturias del deporte; creo que es una razón para sentirnos felices. Es cierto que todavía falta mucho para que un alpinista lo gane o para que, como en el Reino Unido, a los más ilustres aventureros la corona les conceda títulos nobiliarios, pero todo se andará; esto no es el final de nada sino un punto de partida. Hemos progresado y un camino vertiginoso se abre ante nosotros. Porque lo mejor de llegar a una cima es que desde de ella se ven cientos más que esperan a ser escaladas.
