El niño que espiaba al Loco Gatti
Pablo Cavallero es el cerrojo que puede meter al Celta en Champions, como demostró en el Bernabéu. Portero de escuela, aprendió fijándose en Gatti, Fillol y Comizzo.
El principal ladrillo del muro que puso Lotina el sábado en el Bernabéu tiene nombre, apellidos y una historia singular. Pablo Cavallero (con v y no con b, algo que a la familia futbolera le costó inculcar) conoció su destino en cuanto descubrió la profesión de su padre Óscar Armando, portero que llegó a jugar en Primera con Independiente allá por los años sesenta. Pablo había llegado con siete años a las divisiones inferiores de Vélez y espiaba al Pato Fillol en cada entrenamiento. No sólo aprendió de él, también del Loco Gatti, de Comizzo o Chilavert. "Cuando tenía un día libre, me iba a ver a Gatti. Me sentaba a la altura del área grande y sólo me fijaba en cómo se movía, cómo caminaba por el área".
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Cuando fue a probar a Vélez se quedó con el número uno porque el resto de críos ya tenían las plazas copadas. El destino del padre, en realidad. En un equipo infantil empezó de portero, fracasó en su intento de ser un nueve y con el uno se quedó. Subió poco a poco de categoría, fue convocado por Merlo para una selección Sub-20 y el 26 de diciembre de 1995 Passarella le convocó para la olímpica. El caso tiene pocos precedentes, porque debutó sin haber jugado un solo partido en Primera. Luego fue titular en la fase decisiva de los Juegos de Atlanta 96 y sólo con dos partidos en Primera le llegó el turno de la absoluta. Un récord seguro.
Su destino casi cambia porque meses antes de todo anduvo cerca de emigrar al fútbol de Estados Unidos. Pero no. Cavallero se quedó para ser hoy el titular de la selección de Bielsa y de momento rozar la Champions para la próxima temporada en el Celta. Suplente en Francia 98, titular en Corea y Japón, tras su inicios en Vélez y un paso firme por Unión llegó a la Liga de los ases para triunfar. Primero Espanyol y ahora Celta. Apasionado de los coches, sólo el fútbol supera su pasión por el volante. Y de él depende en gran parte que en Vigo se escuche por fin el himno de la Champions.
