Érase una vez...
Érase una empresa española número uno en el mundo. De coches imaginemos. Hasta en la China se pegaban por tenerlos. No es que se hiciera rica, que los dueños ya lo eran. Se trataba de una cuestión de prestigio. Cada coche costaba un potosí, pero la empresa presumía de tener los mejores del mundo. Con no perder se conformaba. Y si había ganancias, se invertían para mejorar el producto. Un buen día también sacó motos al mercado. Más baratas, pero tan buenas como para ser punteras en Europa. Así cubría su reputación por si alguna vez venían mal dadas con los coches.
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La jugada salió perfecta. Aparecieron grandes competidores y ese subproducto, el de las motos subproducto porque nunca sería el mejor del mundo ante la competencia en EE UU, permitió mantener el reconocimiento de la empresa en tiempos de crisis. Con el paso de los años y una acertada gestión, recuperó la primacía en su sector señero. Con mayor fuerza aún. Comenzó a recibir premios por doquier. Los medios de comunicación cantaban cada día sus excelencias. Llegaron a decir que jamás había existido cosa igual, lo que suponía una campaña de marketing sin precedentes. Gratuita, además.
A la empresa llegaron un mal día infaustos gestores e intermediarios para relanzar el sector de las motos. El costo fue tremendo. Comenzaron a pagar por las piezas más que por las de los coches con un resultado catastrófico. Ya no es que las motos salieran a precio de oro ¡es que hasta los vespinos corrían más! El dueño de la empresa se encontró de repente con el disparate de que mantenía un sector que no vendía nada, que costaba una millonada y a cambio desprestigiaba la marca. ¿Qué haría usted en su caso? Pues en ésas está Florentino. Sobre su mesa tiene qué hacer con el baloncesto.
