La opinión de Delmás

Aitor Sampras. Ese señor con la gorrita y el maillot blanquiazules y los dientecillos en sonrisa conejil que ayer se subía a lo más alto del podio del Giro no era Pete Sampras, por más que se le pareciera. Ni era el hermanito pequeño de Pistol Pete: era Aitor González Jiménez, tan ágil, tan listo, tan suelto y tan sin miedo como un vendedor callejero de cuchillas o espejuelos, de aquellos que en el Siglo XIX engañaban a los pobretes del Tercer Mundo. Escribimos que Aitor no es Indurain: obviamente. Y planteamos que se viniera a casa, ator etxera, si seguía tomando minutadas en casa de las nubes dolomíticas. Pero ayer, por el asfalto picado entre Merano y Bolzano, González voló con la ambición desenvuelta y codiciosa de los grandes campeonísimos: Jordan, Armstrong... Sampras. Minutadas al margen, lo que Aitor tomó en las balconadas de los Dolomitas, fue un oxígeno empapado en glóbulos rojos. Y...
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...Se gripó el cambio. ... Y se le gripó el cambio a Aitor en pleno corazón de la contrarreloj. Si eso no ocurre, la gran minutada de Aitor le cae a Simoni, Garzelli y Rumsas, que pinchó. Hay quien compara a Aitor con la clase contrarrelojista de Luis Ocaña, el Español de Mont de Marsan, nacido en Priego de Cuenca. No: Ocaña no exhibía esa suprema musculación del tren inferior que presenta Aitor González Sampras. Ocaña andaba con clase infinita, a lomos de su curiosísima chepa. Ocaña luchaba contra el Imperio Caníbal: Eddy Merckx. Aitor se enfrenta al portaaviones USS Armstrong, reconstruido tras los zarpazos del cáncer con EPO como terapia médica prescrita y nuclear, más las camas hipobáricas, más el orgullo americano. Aitor va al Tour en busca de Armstrong. Para el orgullo de uno y la ambición del otro, habrá putada: sólo cabe un ganador.
Más de 2.000 metros. Queda una etapa dolomítica crucial: el miércoles. Ahí van la Cima Coppi... y más de 10 kilómetros a más de 2.000 metros de altura: una tortura para el organismo. Después dirán que la gente tiene el hematocrito alto...