Automovilismo | Centenario

París-Madrid 1903: la carrera de la muerte

Se cumplen cien años de la salida de una competición que supuso el fin de las pruebas en carreteras abiertas

<b>DOS HERMANOS.</B> Dos de los cinco hermanos Renault participaron en aquella prueba. Louis fue el fundador de la empresa automovilística y marchaba segundo cuando se suspendió; Marcel (en la imagen) perdió la vida en uno de los numerosos accidentes.
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En 1903 había, aunque parezca mentira, carreras de coches. Y tal día como hoy hace cien años arrancó una prueba que cambió el signo de aquel incipiente automovilismo deportivo. Se llamó París-Madrid y debía cubrir el recorrido entre estas dos capitales europeas, aunque el desarrollo de los acontecimientos fue bien diferente. Se convirtió en lo que la Prensa denominó "La carrera de la muerte" y sirvió para que las competiciones tomaran rumbo hacia los circuitos, entonces inexistentes, abandonando su escenario habitual de las carreteras abiertas y en absoluto seguras.

El 24 de mayo de 1903 estaban en la salida de París nada menos que 275 inscritos con sus locos cacharros. Y algunos de ellos ya conducían aparatos de consideración: motores en torno a los 80 CV de potencia, para mover masas próximas a la tonelada y con velocidades máximas rozando los 100 km/h. Ninguna broma para circular por vías poco preparadas y abarrotadas de espectadores.

Muchos coches, mucha velocidad y muchas ansias de gloria, de triunfar en la que se presentaba como la carrera más importante del momento. El resultado sólo podía ser uno: una quincena de accidentes graves con un balance de víctimas mortales que, según las fuentes, oscila entre las seis y las doce.

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La quimera se detuvo en Burdeos. Y el detonante de la intervención del gobierno francés fue la muerte de Marcel Renault, hermano de Louis, el fundador de lo que en aquellos años era tan sólo una incipiente industria de la automoción y hoy es uno de los principales constructores mundiales del sector. Louis también participaba en la París-Madrid y figuraba segundo en la clasificación cuando su hermano murió. La carrera se suspendió porque no sólo estaban en peligro los participantes, sino el numeroso público que salía a las cunetas para presenciar aquel espectáculo sin par. La meta de Madrid quedaba demasiado lejos y el precio por alcanzarla se antojaba demasiado alto.

Los vehículos regresaron desde Burdeos a París en un tren especial y la aventura terminó con un triste balance y una experiencia valiosa: nunca más se podía repetir la tragedia.

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