Bienvenido el hijo del Angliru
La gente del ciclismo se levantó en armas contra el Angliru el año pasado porque dijo que subir pendientes de más del 20% resultaba inhumano. Pues el Giro quiso encontrar también su Angliru particular, el Zoncolan. Al Giro no le hacen falta Anglirus porque montañas le sobran por doquier para decidir la carrera. Tiene los Alpes, los Dolomitas y los Apeninos. Y cumbres míticas como las del Stelvio, Gavia, Gran Sasso, Mortirolo o Las Tres Cimas del Lavadero. Sin embargo, ha buscado retos mayores, rampas del 22% con puntas hasta del 27%. Y a nadie le dio un patatús.
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Gracias al Angliru son otros los que nos imitan a nosotros. Bueno, a nosotros no, a la Vuelta, que fue quien lo descubrió, y a José Antonio Muñiz, alcalde de Riosa, que puso la cima a disposición del ciclismo asfaltando lo que primero fue una caleya y luego una pista para que los pastores subieran motorizados a vigilar el ganado que pastaba en los puertos. Ahora todos quieren un Angliru. Por algo será. Porque aumenta la competitividad, porque ofrece espectáculo, porque aumenta la expectación, porque, en una palabra, el ciclismo gana en audiencia, que es uno de los objetivos que persigue.
No se trata, como decían algunos críticos del Angliru, de disfrutar con el sufrimiento extremo de los ciclistas. Sufrir, lo que se dice sufrir, sufren media docena: quienes disputan la etapa y quienes defienden la general. Los demás suben a su ritmo. ¿Que son duras las rampas del 20%? Por supuesto. Pero no tanto para unos chavales en plenitud física y que sólo se dedican a dar pedales. Duro es bajar a la mina o meterse química en el cuerpo. Lo demás son pamplinas. Bienvenido, pues, el Zoncolan, hijo del Angliru, porque duros sólo tiene los tres kilómetros finales. Y tampoco nadie pide que sean más.
