Perdonados
El Madrid goleó y fue despedido del mismo modo en el que fue recibido, con aplausos. Raúl y Morientes, bigoleadores

Del mismo modo que hay licores quitapenas, llamados así por razones obvias, hay igualmente muñecos quitapenas (escuchar la canción de Tontxu) e incluso muñecas quitapenas, que en este caso suelen ser hinchables. El partido de ayer nos recordó que también existen los equipos quitapenas. No hubiera podido soñar el Madrid con un rival más mimosón, más mocito. Porque el Málaga no salió ni a atacar ni a defenderse, no dio una patada y de presionar ni hablamos. Así las cosas, a los 20 minutos, con 3-0 en el marcador, el Bernabéu ya había perdonado a los muchachos, Del Bosque parecía Rommel y Hierro tenía la cintura de Shakira.
Hay que decir asimismo que a los 20 minutos el partido ya estaba de cuerpo presente, básicamente porque el Madrid no necesitaba más y el Málaga no podía más. Durante ese tiempo, el fútbol estuvo propulsado por Zidane, que con espacios y musas te organiza un congreso de arte renacentista mientras te comes unas pipas.
Así llegó el primer gol. Zidane robó (en su caso hurtó), condujo el balón en plan imperial a pesar de tener a Gerardo agarrado a los calzoncillos y se la pasó a Figo, que a su vez se la entregó a Morientes, un tanto picuda, todo hay que decirlo. Aunque la pelota no venía buena, Morientes la redimió con un trallazo desde fuera del área, de los que no suele.
Once minutos después marcó Raúl en fuera de juego. Lo único legal fue el pase de Guti, que ayer confirmó que en el puesto de medio centro se convierte en un futbolista más importante, que en la media punta, más presente. Saca bien la pelota, con enjundia, y además es capaz de interpretar todo lo que sucede por arriba y suministrar balones. Contra el Málaga, estuvo sencillamente impecable, hasta correoso, aunque insisto en que el Madrid toreaba ayer contra un triciclo con cuernos.
El tercer gol fue de Roberto Carlos, cañonazo por lo tanto. Fue un balón que se le escapó a Raúl en una pelea y que acabó serigrafiado en la red, que siempre se abombará por ese lado. No sé cuántos penaltis marcaría Roberto Carlos si fuera el encargado de tirarlos, pero la posibilidad de que los detuviera el portero quedaría descartada. Es para pensárselo bien y que me perdonen los guardametas del mundo y sus narices.
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Y sucedió que a los dichosos 20 minutos no quedaba partido que echarse a la boca. El Málaga siguió pizpireto, incluso llegaba, pero era incapaz de generar el más mínimo miedo. De esto excluyo a sus defensas, que estuvieron terroríficos. Y el Madrid tenía las llanuras de Manchuria para desplegarse, como gusta. Lo que llegó después fue por inercia, porque de tanto triangular acabas en la portería, aunque duela.
Raúl se la puso a Morientes en el cuarto y marcó el quinto en plan ratonero, abusando de la senectud de Roteta. Por una vez, las estadísticas de Raúl (dos goles y una asistencia) estuvieron por encima de su fútbol. El gol de Manu hizo justicia a Manu y su remate a quemarropa delató los viajes astrales que vive la defensa del Madrid. Pero ayer no hubo lugar a reproches: el equipo apareció con un ramo de flores, puso carita, y fue imposible decir nada. No hay quien hable durante un beso de tornillo.