Tocando el vacío
La asombrosa historia del alpinista Aron Ralston nos conmocionó la semana pasada. Y lo hizo tanto por la dureza de la experiencia vivida como por el ejemplo de coraje y sangre fría que nos ofrece. Son dos caras de una moneda que con frecuencia se ve obligado a lanzar al aire quien se decide a vivir una aventura en la naturaleza más agreste. Resulta escalofriante pensar en el momento en el que tomó la decisión de amputarse la mano él mismo para poder escapar de la roca que la había aplastado y le tuvo cinco días atrapado. Como él mismo ha afirmado en rueda de prensa, comprendió que era la única forma de salir vivo de allí, una vez que se le había acabado la poca comida y agua que llevaba consigo y resultaba evidente que nadie le rescataría porque nadie sabía que estaba allí.
El caso de Ralston me ha traído a la memoria otros ejemplos de hombres decididos a no rendirse en momentos críticos. Entre los más famosos está el de Joe Simpson. Su libro Tocando el vacío, editado en España, es un relato que atrapa desde su primeras líneas, en el que nos cuenta cómo logró sobrevivir tras caer en una grieta cuando su compañero de cordada le cortó la cuerda, para evitar así que lo arrastrase a él al abismo. Esos días huyendo de las garras de la Parca entre nieve y tormentas, con la pierna rota, componen una lúcida narración de su lucha para poder contarla.
Messner también vivió otra situación límite al caer en una grieta cuando intentaba la ascensión del Everest en 1980. Una increíble fortuna hizo que cayera sobre una plataforma de nieve y consiguiera salir de la trampa. Pero más increíble aún es que no renunciase a su objetivo y tres días después alcanzase la cima del mundo, convirtiéndose en el primero en lograrlo en solitario y sin oxígeno suplementario.
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La mitología del alpinismo no sólo ha crecido sobre glorias y cumbres conquistadas. Es más, me atrevo a afirmar que son este tipo de experiencias límite las que lo han dotado de un aura singular. Nada puede estar más lejos de mi intención que algún lector concluya que somos un puñado de suicidas o mártires ávidos de pasar a la posteridad inmolándonos en el ara sagrada de la montaña. Por el contrario, es siempre un ejemplo de como enfrentarse a la adversidad. Y también de solidaridad.
En la cara norte del K2 nuestro amigo Juanjo San Sebastián aguantó cinco días, por encima de ocho mil metros, para intentar ayudar a su compañero Atxo, en un ejemplo conmovedor de lo que es capaz de hacer un hombre por un semejante en apuros. Un alpinista es sobre todo un amante apasionado de la vida y, por eso, jamás contempla la muerte como una opción y lucha hasta el último aliento para sobrevivir. Simpson, Messner, Juanjo, o Ester, en Guadalupe hace tan sólo unos días, como tantos otros antes y después que ellos, tocaron el vacío, pero no se dejaron hipnotizar por él. Eligieron la vida con dignidad.
