Carta a un rompecolloni miedoso
Mira Marcello, Marcello Lippi, Paul Newman de Viareggio, rompecolloni de profesión reconocida: quien se peina y lustra las canas y quiere dar el cante como si fuera el hijo del avvocato Gianni Agnelli o el hermanito del Newman de verdad, tiene que dar el pego de otra manera. Marcello, bello Marcello, si dices que estás seguro de que vas a marcarle un gol al Real, es que estás acollonati bacalati: no quieres que te pillen ni el dottore Umberto Agnelli, que es el que manda, ni el Maestro Jedi Zidane, que es el que juega.
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Tú sabes, dilecto rompecolloni, que el que sí va a marcar un gol, por lo menos, es el Real Madrid, que por cierto era el equipo, la escuadra, la societá, que siempre soñó con presidir, manejar y disfrutar el avvocato Gianni Agnelli, tu padre y patrón. El viejo señor de la vieja señora quería al Real, con Alfredo Di Stéfano dentro, como si fuera uno de sus palacios de Venecia o una de sus mansiones de Lingotto. Lo que yo no me explico es que un tío con la sublime clase del avvocato, que trató a Mussolini y se las vio con Hitler, o uno como tú, que se cree Paul Newman, acaben fichando a un tío tan feo y tan impertinente como Davids y hagan depender a la Vieja Señora de las patadas que pegan sujetos como el calabrés Iuliano, el feroz Ferrara o el avieso Birindelli.
Tras tu seguridad de gol, rompecolloni, hay miedo y bilirrubina. El listísimo avvocato lo disimulaba mejor: a él, las botas de montañero que tú plagias le sentaban como la toga a Julio César. Lo que tu Juve llama orden es lo más viejo de Italia: el miedo del viejo señor y de la Vieja Señora, rompecolloni.
