Una pasta especial
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Es fácil imaginar cuál podía ser ayer el ánimo de Michael Schumacher para ponerse al volante de su Ferrari. Y difícil, casi incomprensible diría yo, entender cómo alguien puede mantener, en tan dramática situación, la concentración, la voluntad y el coraje para ganar una carrera de Fórmula 1. La explicación sólo puede ser una: la pasta especial de un hombre nacido para la gloria. Estar en la parrilla ya era una lección de pundonor; vencer en Imola, en la casa de su equipo, una heroicidad.
El alemán, casi siempre frío, distante, inalterable, mostró ayer su cara más humana. Quiso incluso subir al podio, pese a que le habían exonerado de ese compromiso por razones evidentes. Otra muestra de su integridad, de su profesionalidad casi enfermiza. Sabía que los tifosi, su público más incondicional y fiel, le esperaban y no podía fallarles. Aunque en su interior su corazón estuviera roto y su único pensamiento volara muy lejos de allí, a Colonia. Y tampoco hay que olvidar a su hermano Ralf, luchando igualmente por un resultado que diera algo de sentido a esos momentos de dolor, de sufrimiento sin límites. Dos hijos que quisieron rendir un último homenaje a la memoria de su madre haciendo lo que mejor saben: pilotando un coche de carreras. Lo dicho: una pasta especial.
