Yo digo F. de la Calle

Graciñas a todos

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No soy gallego, sino todo lo contrario, andaluz y del Estrecho. Mi única relación con Galicia se remonta a unas idílicas vacaciones estivales con una novia, ahora amiga. Pero hace ya cuatro meses Relaño me destinó a Galicia, Finisterre, fin del mundo literalmente. El país de Los Suaves, las garimbas, y el millón de vacas (según Manuel Rivas, mi gurú en asuntos galegos). Cuando aterricé el 10 de enero en A Coruña, el mar estaba chapapoteado y los gallegos abanderaban su indignación bajo el Nunca Mais. Lejos quedaba aquel retrato que hacía de ellos Ortega y Gasset ("son un pueblo de almas rendidas"). No era la mejor coyuntura para alguien solo y obligado a hacer amigos. O sí, porque si las circunstancias ahogan, una mano amiga siempre viene bien. Pero fue al revés. Ellos me tendieron la mano.

Son anfitriones sinceros porque su hospitalidad nace de ese gen emigrante que los ha regado por el mundo. Son peregrinos perpetuos, hasta en Galicia, su casa. Quizás por eso te tratan como un compañero do camiño. Pero en los últimos años enterraron demasiados petroleros en sus aguas. Galicia es un vertedero marino. Y esos que se echan hacia atrás la corbata para comer nécora, no hacen nada por evitarlo. Ustedes sí pueden. Cambien de planes este verano. Vengan a Galicia. Las playas están limpias y hay buen marisco. Lo pasarán bien. Se lo dice un andaluz. Graciñas a todos de antemano.

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