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Aquí sólo hay un rey

Liga de Campeones | Real Madrid 3 - Manchester U. 1

Aquí sólo hay un rey

Aquí sólo hay un rey

Repaso del Madrid al Manchester, aunque se lo dejó vivo. Zidane y Raúl, sublimes. Beckham, guapo

Recuerdo ahora un juego de la infancia. Se llamaba Picassín. Consistía en un aparato a modo de batidora en el que se introducían diferentes colores, los que te gustaran y en la cantidad deseada. La máquina, tras un proceso que jamás llegué a comprender, era capaz de producir un cuadro tan extraño como maravilloso. Esta regresión viene al caso porque varias décadas después me siento igual de dulcemente aturdido. Acabo de ver un partido fascinante y caótico y me siento incapaz de hablar de sistemas o de esquemas, de vulgaridades semejantes, me resulta imposible racionalizar este fútbol que sólo se puede explicar por el derroche de tres colores esenciales: Zidane, Figo y Raúl.

Ellos cogieron este partido gigantesco por la solapa. Para dominarlo, porque empezó serpentina, se colocaron en el campo donde fue necesario, arriba o abajo, derecha o izquierda, y desde cada posición manejaron el juego a su gusto, al dente, para hacerlo vibrante y, en ocasiones, sublime. Y no piensen que en ese despliegue, que alcanzó el centro del campo y terminó por conquistarlo, se tropezaron con Makelele y Flavio, en absoluto; estos dos tenían bastante con no chocarse entre ellos, especialmente horrible uno y habitualmente horrible el otro.

El Manchester fue incapaz de asimilar esa locura que se le colaba por todos los sitios, que le llegaba de mil formas, todas de gol, y me atrevo a decir que acabó por sonrojarse. A estas horas pensarán que es mejor salir ruborizados que fiambres, y pudo suceder. Pero el sentido lúdico-artístico del fútbol que tiene el Madrid le impide machacar a los rivales, mandarlos a la lona y por ahí se le han quedado flecos a la eliminatoria.

Sé que expresar dudas puede sonar extraño, pero sería peligroso el triunfalismo. Hasta que Figo marcó con una rosca que empezó siendo pase y que acabó siendo gol, el Manchester avisó y dominó. Y cada vez que llegaba el balón a Van Nistelrooy el asunto era un psicodrama, de puro peligro. Este delantero formidable mantuvo en pie a su equipo. Porque Beckham no lo hizo. Estuvo guapo, como siempre, pero se limitó a centrar desde el Vips del Paseo de La Habana. Que el cielo nos perdone a todos los que dudamos si cambiar los cromos.

Muy poco después del gol, Ronaldo fue víctima de un penalti flagrante. El ejecutor fue un tipo que se llama Brown, que significa marrón. El árbitro, de sospechoso bronceado, se hizo el sueco, que lo es. El tal Brown lanzó primero una pierna y luego soltó un brazo; sólo le faltó tirar la boina.

El tiempo que tardó en llegar el gol de Raúl sirvió para ver a Zidane con el tutú, jaleado por el público en cada verónica. También sirvió para disfrutar de Figo, implicadísimo, tanto que va camino de convertirse en el ideólogo del equipo. Y fue útil, asimismo, para confirmar el asombroso parecido entre el peculiar Barthez y Charly Rivel.

Ese que digo fue un tanto delicioso, nacido de un balón que tocaron todos y que liberó Zidane hacia las botas de Raúl. No fue muy distinto el tercero, otra vez hipnótico de tanto arabesco, pase de Figo y chutazo de Raúl desde la central, menos mal que no sabe chutar. En ese instante, todos (incluyo a Ferguson y a su defensa indefensa) pensamos en un resultado histórico, demoledor. Pero allí estaba Van Nistelrooy para aprovechar un rechace de Casillas.

Y así se quedó el marcador, aunque el Madrid pudo anotar en media docena de ocasiones, alguna de las cuales las tuvo Ronaldo, muy gris, muy silbado al ser sustituido por Guti; su acople con el Bernabéu se está haciendo un problema.

Queda la vuelta, aunque uno echa en falta que esto no sea uno de esos play-off de la NBA a 23 partidos. En Old Trafford será otra historia, tal vez una emboscada. Será lo que sea, pero esta Pepsi nos la hemos bebido nosotros.