Ottey acarició la medalla a sus 42 años
La velocista eslovena, nacida en Jamaica, fue cuarta en la final de los 60 metros.


El cisne de ébano es una mujer infeliz. Merlene Ottey, ahora eslovena y residente en Liubliana, donde tiene un novio fisioterapeuta, arrastra su improbable belleza bajo el recuerdo de un amor imposible: Stefano Tilli, el velocista italiano de familia aristocrática con el que Merlene vivió y quiso casarse en Roma. Todavía retumba entre los italianos el eco del bofetón clasista que, en forma de negativa de matrimonio, propinó Tilli a Ottey: "A mí me gusta el capuccino sólo como café, no quiero hijos de ese color". La diosa Merlene, todavía jamaicana, estaba lo-qui-ta por Tilli. Hasta lo del capuccino, claro. El tiempo cicatrizó la herida. Hoy, Ottey y Tilli tienen relaciones comerciales. Ella trabaja en Liubliana como consultora de TMG, una empresa innovadora de tensomiografías musculares.
Ayer, Ottey disfrutó en el Arena de Birmingham de una oportunidad inusitada para hacerse con una medalla mundialista a los 42 años. Sevantheda Fynes, una de las grandes velocistas de Bahamas, lesionada en semifinales, no se presentó a la final de 60 lisos. Todo estaba listo para la story del día: la medalla de la diosa cuarentona, superviviente a la nandrolona y al desplante de Tilli.
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Pero, tras el oro anunciado de Zhanna Block, ex Pintussevich, dos grises americanas de la cuadra californiana de John Smith, Angela Williams y Torri Edwards, hurtaron el último reflejo metalizado de gloria al sol moreno y crepuscular de Ottey. Enfadadísima, Merlene, que compitió en 60 metros para ahorrar trabajo a sus castigadas fibras negras, se negó a una sola declaración.
Los eslovenos juran que va a seguir compitiendo, "al menos hasta los 100 metros del Mundial de París", a las órdenes de su entrenador en Liubliana, Srdjan Djordjevic, y con el apoyo de su novio Bostjan. El cisne de ébano es hoy una cuarentona infeliz, especialista en tensomiografías y que detesta la palabra capuccino.