Yo digo Martín Perdiguero

Adiós, Kivi. Un amigo

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No pensaba que me resultaría tan difícil escribir sobre un compañero de profesión. Ni siquiera sé cómo empezar. Es tan duro admitir que nunca más compartirá con nosotros las mismas carreteras, los mismos sufrimientos y, cómo no, las mismas risas. No era el típico ciclista del Este que no se abría a los demás. Al contrario, los que le conocían saben bien que siempre gastaba bromas, que era divertido, que se podía hablar con él, que se preocupaba mucho por los compañeros. ¡Tantas cosas tan complicadas de encontrar en un corredor de su clase! Yo le recordaré siempre así, con su sonrisa, con sus gafas y con su gorra para atrás. Kivi, no será fácil olvidarte. Descansa en paz.

Hoy a todos se nos pasa por la cabeza que nos podría haber ocurrido a cualquiera y nos preguntamos si con el casco se podría haber evitado. Pero, claro, ahora es fácil decirlo. Somos profesionales, sabemos lo que tenemos que hacer, somos responsables de nuestros actos y, como tal, tenemos el derecho a querer llevarlo o no. Quizá seamos egoístas y sólo pensemos en nuestra comunidad y no en nuestras familias, pero no lo podemos evitar. Seguiremos bajando los puertos a cien por hora, nos meteremos en los sprints por huecos inexistentes y muchas barbaridades más. Este es un deporte de riesgo en el que sólo vemos el peligro cuando sucede algo así.

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