Yo digo Sebastián Álvaro

Perspectiva

Sebastián Álvaro
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Mientras acabamos de sacar, en helicóptero y después de una experiencia arriesgada, a nuestros compañeros atrapados en la base del Broad Peak, disfruto de la dieta mediterránea y de esta primavera por adelantado que ilumina Madrid y la mirada ante lo que provoca la subida de temperaturas por la calle. Espero que mis infortunados compañeros sabrán perdonarme este desenganche espiritual con sus sufrimientos, pero lo cierto es que desde España las cosas se ven de forma menos agobiante que en medio de una tormenta en el Karakorum.

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Aunque, mirado desde otro punto de vista, también resulta menos excitante. Todo es cuestión de perspectiva. Por supuesto que no es lo mismo estar metido en una tienda a punto de desgarrarse por el viento que leyendo calentito en la cama. Esto de la perspectiva es una de las enseñanzas más útiles y fructíferas que se puede extraer de cualquier viaje. La prepotencia de saberse en el lado bueno del mundo más rico, a salvo de amenazas, son murallas espesas que impiden comprender y aprender. Y lo cierto es que desde occidente apenas se ha llegado a entender todavía esta parte del mundo. Me contaba un amigo en Islamabad que hace unos días estuvo invitado en Peshawar por una familia de etnia pastún. Han sido llamados los guardianes de la frontera y los soldados de su majestad británica y lo soldados del Ejército Rojo, comprobaron de primera y dolorosa mano cómo se las gastan estos fieros guerreros. Aún hoy en sus territorios, limítrofes con Afganistán, no se atreve a entrar la policía estatal. Así que ser invitado por un pastún, en tierra pastún, a un paso de la frontera más conflictiva del planeta, debe ser una de las experiencias más estimulantes que pueden vivirse. El caso es que estaba ya mi amigo sentado a la mesa de sus anfitriones, disfrutando de su hospitalidad, cuando se presentaron de improviso seis familiares con una propuesta de diversión cuando menos chocante a sus ojos: "¿Por qué no probamos la nueva ametralladora del primo Alí?" Dicho y hecho. En un momento sacaron un pedazo de ametralladora de las que necesitan hasta trípode.

Como invitado que era, tuvieron la deferencia de preguntarle si consideraba que con 135 proyectiles sería suficiente. Mi amigo, haciendo acopio de aplomo, les contestó muy profesional él: "Hombre, yo creo que sí". La comitiva se trasladó con el armatoste a cuestas hasta una colina cercana. Bien es verdad, que algunos vecinos se les quedaban mirando al pasar, pero nadie parecía extrañado. Me decía mi amigo que allí si ven a una pareja besándose en público son capaces de agredirles. Pero si ven a ocho tipos con una ametralladora al hombro les parece normal. Así fue como mi amigo, que ni siquiera había hecho la mili, disparó sus primeros tiros a miles de kilómetros de casa y como parte de una fiesta. Como pueden ver, todo es una cuestión de perspectiva.

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