La visión olímpica de los arquitectos
Miguel de Oriol e Ybarra es doctor arquitecto. Escribió en La Razón una tribuna libre inspirada, a su vez, en una conferencia que dio Juan Acebillo, otro arquitecto, éste de gran experiencia en la Barcelona olímpica de 1992. Ambos son voces autorizadas ahora que España está metida de nuevo en una carrera por los Juegos Olímpicos. Y resulta curioso que ninguno de los dos apenas conceda importancia a las infraestructuras deportivas de las candidatas. Ni a las existentes ni a las que están por construir. Todas se dan por supuesto en una ciudad que aspira a organizar los Juegos.
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A lo mejor tienen razón. Tanto hablar en Madrid de que si La Peineta, el futuro Arena, el centro de tenis, los tres ejes de la ciudad, y luego resulta que las infraestructuras deportivas sólo se llevan el 11% del coste total de unos Juegos. Y es que una ciudad, cuando pide unos Juegos, no es para darse el capricho de convertirse en anfitrión del mundo del deporte durante tres semanas. Lo es para sembrar durante ese tiempo y luego recoger una cosecha que durará años. La de Barcelona fue extraordinaria: mejora de la ciudad, incremento del 71% de las actividades comerciales y del 80% en las turísticas.
En el 92 se dobló la capacidad hotelera de la ciudad, se reordenó urbanísticamente y se abrió al Mediterráneo. Los Juegos fueron simplemente una excusa para ello. Pues la gran baza de Madrid, dice Miguel de Oriol, es su entorno, es potenciar el Mar Verde que rodea el norte y noroeste de la ciudad con la Casa de Campo, El Pardo, Boadilla y Viñuelas, es engarzar el collar de históricas ciudades que rodean la capital: Ávila, Segovia, El Escorial, Chinchón, Toledo, etc, porque vale más empeñarse en una oferta turística singular que en unas instalaciones monumentales, que al final no se saben cómo rentabilizar.
