Yo digo Sebastián Álvaro

15 de febrero

Sebastián Álvaro
Actualizado a

Era 15 de febrero y me imaginaba que en Madrid el día amanecería con esa luz de invierno, que tan bien pintó Velázquez, rasa y tan clara que deslumbra. Una luz sólo comparable a la del Tíbet en los días gloriosos. Para entonces, ya llevábamos varias horas caminando con nieve por encima de la rodilla. Éramos ocho, contando a tres porteadores "big strong" (muy fuertes), como me había adelantado Karim, que llevaban el trípode para la cámara grande y el objetivo 600 milímetros, ideal para retratar fauna. El resto del grupo lo formábamos Karim y su hijo Hanif, mis dos compañeros de televisión y yo. El tiempo estaba horroroso y la ventisca nos golpeaba sin cesar. Al mismo tiempo, allá en el campo base del Broad Peak, los vientos de más de ochenta kilómetros por hora amenazaban con desguazar las tiendas. Esos vientos con temperaturas por debajo de los 25º bajo cero hacen inhumana la permanencia en estos lugares. Pero ya lo sabíamos. Sabíamos lo que nos esperaba en una expedición invernal, algo así como unir las peores condiciones de una expedición polar con todas las dificultades propias de la alta montaña.

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Si estábamos parados nos congelábamos y andando nos asfixiábamos por lo enrarecido del aire. La verdad es que ninguno de nosotros se atrevía a decir lo que estábamos deseando oir todos: "¡Por qué no nos damos la vuelta de una vez!" En lugar de eso Karim y Hanif se empeñaban en buscar al leopardo de las nieves con los binoculares entre las rocas, la nieve y las densas nubes que entraban y salían al ritmo de un viento endiablado. A la vuelta, para recuperarnos, cuando estábamos a tan sólo media hora de la aldea, tuvimos que hacer una hoguera al abrigo de un pequeño refugio de cabras. Allí acurrucados con una taza de té humeante en las manos, le conté a mi amigo que los rumores decían que la guerra parecía inevitable y que mucha gente en todo el mundo estaba manifestándose contra ella. Karim, entristecido, les transmitió la noticia a los porteadores y luego me dijo: "Otro año sin trabajo. En Hushé, todos los viejos rezan porque Bush no nos traiga otra guerra a nuestras tierras".

Era 15 de febrero y en Madrid, en Barcelona, en Roma, en Nueva York y en muchas otras ciudades de todo el mundo una multitud se ponía en marcha para gritar: "¡ No a la guerra!" Pero también salieron a las calles para protestar en nombre de los que no tienen voz, pero serán las primeras víctimas de esa guerra que se avecina. Ellos protestaron en nombre de hombres y mujeres anónimos como mis compañeros de marcha ese día y los otros habitantes de la pequeña aldea de Hushé. También por ellos, sobre todo por ellos, aunque ni siquiera lleguen a saberlo, las manifestaciones del pasado día 15 han tenido lugar. Quizá la tan cacareada Globalización comience ahora a tener otro significado más solidario que se imponga a lo puramente económico. De momento, Hushé y Madrid y Roma y Nueva York estuvieron unidas el 15 de febrero por un grito: No a la guerra.

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