La mayor conquista del atletismo
Ganar la Copa de Europa de atletismo es una barbaridad. Si alguien se atreve a pronosticar esto hace diez años, lo mismo recibe un guantazo porque podemos creer que nos está tomando el pelo. Dice que en Guadalajara hay un chaval de pueblo que va para campeón olímpico de 100 metros y a lo mejor eso nos lo creemos, pero ganar una Copa de Europa... Y eso que en estos diez años hemos visto cosas que parecían increíbles: Cacho, campeón olímpico de 1.500, Fiz y Antón, campeones mundiales de maratón, España a la cabeza del medallero masculino indoor, 15 medallas en unos Europeos...
Noticias relacionadas
Pues ahora, la Copa de Europa también. La Copa de Europa, para que se den cuenta, es una competición que, por muy de bolsillo que se quiera considerar esta primera edición en pista cubierta, estaba fuera de todo alcance para nuestro atletismo. Porque ya podíamos ser los mejores en mediofondo, que como nuestros velocistas, saltadores y lanzadores no quedasen de la mitad para delante, nada había que hacer. Y así nos iba, claro. En cambio, Rusia con lo grande que es, Alemania con lo deportistas que son sus chicos y Francia e Inglaterra, con todas sus colonias, tienen atletas para todo.
Tantos que siempre nos ganaban de tacón. Pero ahora resulta que tenemos un velocista que no lo hace nada mal, un saltador que ha sido subcampeón del mundo y un lanzador que se mueve entre la élite mundial. Se ponen todos juntos a competir y entre éstos y los mediofondistas comienzan a sumar puntos, van y ganan. Y no me digan que, claro, es que faltaban algunas pruebas en las que flojeamos, que entonces yo también les digo que dónde estaban los 5.000 metros, los 10.000, los obstáculos, la maratón, la marcha... Háganme caso: esta victoria tiene más valor que muchas medallas.
