Laporte: ¡Oh capitán, mi capitán!
El chovinismo del inglés Wilkinson fue más práctico que el romanticismo de los franceses. La pierna izquierda del apertura inglés fue la protagonista del partido, como se sospechaba. El empuje de la delantera inglesa, muy encima todo el partido de la línea francesa, provocó golpes de castigo fáciles para Wilkinson, a quien no le tembló la pierna.
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Pero el partido deja una segunda lectura. Francia murió con las botas puestas. Respetó su patrón de juego hasta sus últimas consecuencias. Los galos anotaron quince tantos, gracias a tres ensayos (de Magne, Trailler y Poitrenaud; tres de los cinco galos que destacamos aquí el pasado sábado). Saltaron a Twinckenhan, La Catedral, cantaron La Marsellesa (a mí me pone más que el Haka neozelandés) y ante 72.000 almas, desplegaron el juego a la mano marca de la casa. En Francia, donde el deporte es cultura, el estilo de juego es una cuestión quasi filosófica, más importante, por supuesto, que algo tan tribal como el resultado. Los coherentes galos practican el menottismo oval. ¿Ganar o jugar bien? ¿Y por qué no ganar jugando bien?
Con 25-7, Galthie miró al banco. Laporte hizo un ademán de jugarla a la mano. El veterano apertura anunció a su gente la decisión. Entonces, emulando a uno de los protagonistas de El club de los poetas muertos, Magne dijo aquello de... ¡Oh capitán, mi capitán! y Francia casi remonta. Los galos sólo perdieron el partido. Ni el honor, ni el orgullo.