Yo digo Pedro P. San Martín

Lo vive como un pibito

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Gatti no admite una distracción cuando ve fútbol. Abre los ojos, devora el campo con la mirada. Analiza, escruta y entre dientes radia el partido: "¡Saltá ahí Iker! ¡Achicá el tiro, vamos, vamos! ¡Va por tu derecha, por tu derecha Iker... Lo dije, Moreno patearía por la derecha!" Si estuviera en su mano, el Loco se enfundaba la camiseta, se ajustaba la cinta en el cabello, las medias caídas, las manoplas grandes y se ganaba la titularidad en el arco del Madrid. Aún vibra como un pibito porque le ruedan balones por las venas. Envidia a quienes juegan en ese césped del teatro del Bernabéu, suspira por aquellos tiempos en los que fue número uno en Argentina y sueña con entrenar a Iker.

Será por deformación, pero al Loco le impresionaron Casillas y Burgos en el derby. "¡Qué dos tipos!", repitió cien veces mirando al cielo al acabar el partido. De Iker se lleva a Buenos Aires la sensación de arquero del Madrid para toda la vida. Del Mono, nada nuevo, le conoce como a su mano y aconsejaría a cualquier equipo del mundo que lo tuviera en sus filas. Al final y al cabo, son clones. Gatti fue un espectáculo en sí mismo durante su carrera profesional y creó una escuela heterodoxa bajo los palos. Supo adelantarse a su tiempo, que es una cualidad mágica en los hombres de talento. Bendita la locura de este maestro de grandes arqueros.

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