Madrid descubre su corazón
Creo en Madrid. Creo firmemente en su candidatura desde el momento en que vi humedecerse los ojos de su director, Feliciano Mayoral, hombre curtido donde los haya, y de Natalia Vía Dufresne, una regatista curada de emociones a base de podios olímpicos. Detrás de una capacidad de trabajo descomunal para poner Madrid a la orden del día en tan sólo un año, detrás de una exposición brillantísima de Ignacio del Río para hacer creíble un proyecto que al final ha resultado apabullador, se escondía el sentimiento, la ilusión y la humanidad de un equipo de trabajo que ha logrado el milagro.
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Esas virtudes que convirtieron a Sevilla en una digna rival, y también temible como se vio ayer, las ha heredado ahora Madrid. O al menos no las pudo ocultar cuando se supo ganadora. Toda la prepotencia que podía haber aparentado en la campaña se derrumbó y apareció un corazón así de grande que, añadido a una capacidad de trabajo descomunal, ha permitido sacar adelante un proyecto de envergadura ciclópea. Hay que poner también el alma, porque no todo son presupuestos, ni proyectos, ni obras, ni pactos, sino además sueños, ilusiones y sentimientos que despierten emociones.
Por eso vi ayer cómo la gente de Madrid 2012 se mordía los labios para no llorar. No era para menos. Madrid había ganado, había adquirido la enorme responsabilidad de ser la elegida por España en el reto de competir contra las mejores y más preparadas ciudades del mundo para organizar un acontecimiento de proporciones y dimensiones colosales. Los madrileños, los españoles, tenemos que sentirnos orgullosos de una candidatura nacida ayer que va a hacer frente a Nueva York, a París, al mundo entero, para devolvernos la llama olímpica que hace once años cambió el país.
