El éxito es ser sencillo
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Cae por su propio peso: Vicente del Bosque es el mejor entrenador del mundo por razones tangibles e intangibles. Por títulos y por espíritu. Por estratega y por listo, que no es lo mismo. Por prudente y por osado. Por temple y por genio. En definitiva, por vista, gusto y tacto. Es un estudioso compulsivo del fútbol, conoce al detalle la vida de mil jugadores y no puede vivir sin el olor a aceite y betún del vestuario. Le pusieron un Ferrari en las manos y lo ha conducido derechito al éxito, cuando algunos pronosticaban el gran cacharrazo. El mister es hoy un activo del club, un técnico respetado incluso cuando se equivoca y tiene derecho a manejar un sueño: durar tantos años en el banquillo del Real Madrid como Ferguson lo ha hecho en el del Manchester.
Del Bosque cuaja su éxito en una ley básica: la responsabilidad. Se levanta y se acuesta pensando en cómo defender con firmeza y honor el escudo blanco. No dirá una palabra más alta que otra, no esperemos un aspaviento. Pero no falta un solo día en el despacho (modestísimo, como mandan los cánones clásicos del club) en la Ciudad Deportiva. A veces peca de blando en la tarea, traicionado por el espíritu de futbolista que aún le baila en la conciencia. Lo sabe y lo acepta como un margen asumible por donde le llueven desde fuera (nunca desde la casa) algunos capones. Su mérito en el banquillo es simplificar lo que para otros sería todo un numerito: poner en orden a las estrellas.